Pasé por ambas, y puedo señalar que una diferencia entre la pedagogía francesa y la anglosajona es que la primera se inclina más hacia la crítica, la queja y el lamento sobre lo mal que anda el mundo, uno incluido, mientras que la segunda trata de rescatar lo que funciona y es digno de ser imitado, así sea un pequeño detalle. Garrote versus zanahoria. Las feministas, incluso las anglosajonas -discípulas de la Beauvoir, profesora despiadada- serían de escuela francesa. Los asuntos de género son siempre sombríos, complejos, milenarios, pesimistas, de luchas largas a punta de vainazos. En Colombia, esta conjetura es menos arriesgada. El flominismo es Francia profunda.
Ninguna vacuna más eficaz contra el idealismo agresivo y quejetas que el ejercicio de alguna actividad productiva. Ensayar una receta de chocolate, y lograr que a los clientes les guste y la compren, es más formativo que encerrarse en una biblioteca a constatar que el náhuatl o cacao fue otro de los recursos que nos arrebataron los conquistadores. O salir a la calle a quejarse por el abandono en que el gobierno mantiene el sector, y en particular a las mujeres. Qué productivo sería que las feministas resaltaran más a las mujeres emprendedoras, en lugar de fomentar burocracia y apéndices combativos con amplios pliegos de peticiones que estimulan fundamentalmente una sola industria: la del rescate. “Apasionadas por los negocios. Soñar, jugar, emprender”, como pregona un portal argentino dedicado a mujeres empresarias sería una opción para aligerar el debate, fomentar autonomía femenina y mermarle al maternalismo, tan nefasto como el paternalismo.