jueves, 4 de febrero de 2021

Feminivirus, divorcio otoñal y castrochavismo

Ricardo, casi setentón, se separó de Juana. Los problemas comenzaron al nacer Laura, su hija menor, a quien Elena, la suegra, percibió como una afrenta. 

Trabajadora incansable cuando, sin estudios superiores, las mujeres no avanzaban profesionalmente, buscó para sus dos hijas un diploma que garantizara contactos, como derecho en la Universidad Javeriana. Mafe, cuya vocación era cualquier cosa menos ser abogada, siguió los designios maternos. Juana prefirió administración, pero la progenitora le vetó otras universidades. Cuando fueron madres, ambas  decidieron anteponer la crianza al trabajo. Al respaldarlas, Ricardo y Jorge, su acaudalado concuñado, mutaron a machistas saboteadores de brillantes carreras femeninas.  

En los noventa, Juana y Ricardo -simples concubinos por un primer matrimonio católico de él- emigraron a España huyendo del secuestro. Ella quería especializarse en finanzas. Él la entusiasmó para que se reciclara, cambiaran de vida y se dedicaran a conocer Europa en familia. Se casaron en Madrid para que Juana y los hijos, ya crecidos, tuvieran nacionalidad española.

Hoy Ricardo piensa que al salirse del mercado laboral Juana se ablandó y perdió el polo a tierra. Estudió arte, se dedicó a eso y administró unas propiedades reformadas por Ricardo. Solo en dos de los muchos años expatriados se empleó formalmente en el idílico entorno de un viñedo. Renunció para no aceptar ningún otro trabajo pero sí el seguro de desempleo. Su vida no fue dura, ni aburrida, pero siempre se quejó.  

Mucho antes de Laura, la suegra advirtió: “¡no pensarán tener más hijos!”. Agrandar la familia no estaba previsto pero en un volantín contraceptivo Juana quedó embarazada. Aunque abortar era factible, se embarcaron en la crianza de ese premio inesperado. Jamás imaginaron que la suegra se opondría tan fanáticamente. A mitad del embarazo Ricardo sospechó que Elena, empleada de aerolínea que los visitaba varias veces al año, no estaría para el parto. La llamó día de por medio varios meses para convencerla de que viajara. La abuela nunca apareció: evitó el nacimiento de Laura y también explicar su infame decisión.

Secuela lógica del desplante fue una depresión postparto aguda de Juana. La suegra asimiló ese embarazo a una maniobra para encerrar a su hijita en el hogar. Después, en Bogotá, confirmaría su delirio: “¡la tienen de sirvienta!” le espetó a Ricardo frente a su hijo preadolescente. Jamás se disculpó. Divorciada, intentó volver a viajar con sus hijas como si también lo fueran: sin marido. 

Juana cortó con Elena por varios años. Al reconciliarse botó el puesto de los vinos, se intensificaron las peleas maritales y se agravó la situación económica cuando él ya tenía poco trabajo. Siguieron varios reveses financieros. El confiamiento los exacerbó y tras una discusión por alguna tontería, Juana decidió divorciarse inmediatamente. Nunca manejó el estrés económico y el antecedente de depresíón postparto pudo agravarle la factura del Covid. Tardíamente se obsesionó por formalizar la desprendida informalidad con la que Ricardo aportó todo su patrimonio anterior y su esfuerzo a la difusa sociedad conyugal. Además, la contagió una tara socialista: que “alguien” la mantenga sin trabajar.

La separación se hizo con dos estilos. Ricardo les anunció a los hijos que empezaba a buscar pareja y comenta sus cuitas a diestra y siniestra. Juana no da explicaciones. Aupada desde Bogotá, prefirió la opacidad. Se asesoró de un familiar español que aportó enredos de tinterillo colonial. Alrededor de su madre montó un escenario como de Almodóvar: teledivorcio negociado entre Jorge y Ricardo. Remató con una abogada que mintió ante la justicia para desplumar al ex.  Nadie ha contrarrestado tan nefasta influencia y el litigio sigue vivo con componentes de hara-kiri. 

“Estragos del feminivirus”, anota Ricardo. Sospecha que la matrona decidió que Juana volviera al redil para cuidarle la vejez y no repetir el calvario de Mafe acompañando al papá con una terrible enfermedad degenerativa. Tal conjetura tiene sentido: Juana mandó al diablo no sólo trabajo, familia, casa de ensueño, turismo rural, sino elementos esenciales de su plácida vida, como el taller de artista o el jardín con proyecto de huerta. Los torpedos provienen de Elena a través de Mafe, remata mi amigo, “destruye lo que se le atraviese: así hizo con la carrera del esposo, eternamente enamorado”.

De todas maneras, nada logró sabotear el sueño de Ricardo emigrante. Su prole tomó el relevo: echaron raíces y aspiran a hacer grandes cosas en el increíble terruño que colonizaron siendo sudacas. 

Tras la separación, el damnificado logró reinventarse, incluso lo disfruta. Juana peló tanto el cobre que logró extirparle hasta la nostalgia. Nadie pretende educarlo, está lleno de proyectos sin cantaleta conyugal y zafó de una familia política bien enredada. Sale con mujeres maduras, activas, que sin quejarse disfrutan la vida y lo aprecian como es. “El castrochavismo me abrió una estupenda caja de Pandora”. Prometió aclararme esa insólita coletilla.. 


La importancia crucial del matrimonio

Fuera de trivializar la infidelidad, otro monumental descache del feminismo fue desvalorizar el matrimonio. Ambos desatinos perjudicaron fundamentalmente a las mujeres, y a sus hijos. 

Una amiga francesa cincuentona lleva viviendo más de tres décadas con el mismo hombre, compañero de universidad. Con hija mayor de edad, copropietarios de una casa, ella aún lo presenta como “mi compañero”. Hace parte de la generación mayo del 68 liberada de los rituales impuestos por la Iglesia y heteropatriarcado para las relaciones de pareja. 


En algún momento fuimos cercanos y supe que ninguno de los dos le ha  sido infiel al otro. Con la amplia aceptación que  tiene el movimiento del “mariage pour tous”, léase la formalización legal de la vida de pareja homosexual, insólitamente respaldado por el mismo feminismo que criticaba unos años atrás el matrimonio, ya no saben qué decir para justificar por qué no están casados. 


Una amiga caraqueña tiene una hija que cohabita con un catalán hace varios años. Cuando se ven los fines de semana, la cuasi suegra que quiere ser abuela tiene una costumbre: se acerca al parejo de hecho y le murmura al oído, “oye vale, ¿cuándo es que se van a casar?”


El caso de otra sudaca es igualmente revelador. Es lesbiana y vive con su pareja hace más de veinte años. Su familia siempre las aceptó sin aspavientos. Una de sus hermanas llevaba conviviendo con el mismo compañero casi diez años cuando anunció su embarazo. La liberada suegra le aclaró al futuro padre que “para tener un hijo sí sería mejor que hubiera algún papelito de respaldo”. 


María mi hija mayor, como sus hermanos, no está bautizada. Alguna vez les expliqué que la razón para no embarcarlos en una religión había sido la inercia que conduciría, incluso sin ser practicantes, a que al casarse lo hicieran por la Iglesia, con complicaciones posteriores para separarse. Yo las sufrí después de mi primer matrimonio católico: en ese tiempo en Colombia no existía la posibilidad de divorcio civil para ese vínculo. 


María lleva cohabitando con su novio varios años. Cuando contaron que vivirían juntos les pedí que aceptaran una “fiesta de concubinato” para celebrar la unión. Creyeron que me burlaba y se negaron. Hace un tiempo anunciaron que se casarían. Mi sorpresa fue mayúscula cuando anotaron que lo harían por el rito de la religión Ortodoxa, la que practica la familia de él, de origen armenio. 


Daniel, mi segundo hijo, conoció a su novia en Chile cuando hacía una pasantía. Se fue a Medellín a hacer su tesis y ella lo siguió. Las discusiones que los apartaron tuvieron que ver con que él aún no quería casarse. Ella se devolvió a su casa y poco después él viajó a Santiago a reconquistarla. Logró convencerla de que se vinieran juntos a Barcelona. Allí, cuando los oí hablar de cómo harían para la visa de ella, con lógica sudaca les propuse, “¿para qué tanta maroma en lugar de casarse?”. Mi lógica era que, sin hijos, el matrimonio era un trámite reversible que le daba a ella la no despreciable ventaja de trabajar legalmente. Él no logró tomar a la ligera la milenaria institución y lo invadieron las dudas. A ella esa indecisión la sacó de quicio y un tiempo después, cuando habían anunciado un embarazo, decidió volver a Chile. Allá nació mi nieto, lejos de Daniel. La caraqueña con cuasi yerno me dijo sin titubeos al conocer la historia: “Me solidarizo con ella, vale. ¿quién no abandona a un hombre que tiene esas dudas cuando va a tener un hijo?”  


El reverso de la medalla de la desvalorización del matrimonio fue la irresponsable facilidad con la que parejas con hijos menores se pueden divorciar ahora. Varias militancias, supuestamente progresistas y fanáticamente anticlericales –el dogma es oponerse por principio a cualquier cosa que recomiende la Iglesia Católica- llevaron a la absurda situación en la que cualquier cónyuge que se levante un día de malas pulgas y quiera mandar al diablo a su pareja, su familia, y el bienestar de sus hijos menores pueda hacerlo sin que nadie se atreva a cuestionar su decisión, ni siquiera preguntarle por qué quiere hacerlo. 


Las hordas de menores de edad que ahora no tienen un hogar sino dos, que alternan semanalmente gracias al sacrosanto arreglo de la custodia compartida, no han recibido la debida atención pero es razonable sospechar que esa será una generación afectada por esa arreglo estrambótico cándidamente defendido con el término fofo de “familias recompuestas” que de familia sólo tienen el nombre abusivamente utilizado. Por la amorosa relación que las rodea, a la parentela habría que agregar las mascotas y muy pronto los robots o las pantallas que están en el centro de las veladas familiares.