viernes, 18 de noviembre de 2011

feminismo y prostitución

 La admirable doctrina la expone la única feminista o periodista que he encontrado hablando de prostitución real, no de disfraces o léxico, alrededor de estas marchas: “el simple hecho (y no se trata de un hecho menor) que los hombres le paguen a las mujeres remueve la autonomía”. Por principio, según ella, la opresión es algo inherente al trabajo sexual, la fantasía de los hombres es dominar. Ella es conciente de no ser una ave rara. Habla el representación de una larga y mayoritaria tradición  la tradición dentro del pensamiento feminista


Con esa lógica, se debería volver a penalizar la mendicidad (pedir algo) o sancionar la hotelería (compra venta de intimidad) por ser equivalentes a un atraco (tomarlo a la fuerza). 

Una idea impulsada por el feminismo es que la prostitución no es el oficio más antiguo sino el más duro del mundo. Es algo tan insoportable que no puede ser sino forzado. Se trata de violencia sexual contínua, y para saber eso tan obvio no interesa la opinión de quienes lo practican.  


Hace unos años, una periodista disfrazada de prostituta confirmó en menos de 10 horas que esa vida sí era tenaz. Sería interesante repetir el juego de roles pero al revés: que una prepago vestida de periodista funja de primípara a la madrugada en una cabina de radio, que se tome fotos desnuda y la regañen, que no almuerce esperando un doctor con la chiva, que escriba a la carrera una nota que, con suerte, saldrá sin firma, que se instale en la sala de redacción hasta el cierre y que por la noche se le pregunte si quiere volverse reportera o seguir dándolo y cobrando por adelantado. 




Para la prostituta que, por la razón que sea, eligió serlo, la confusión es seria. Al dar por descontado que lo que hace a diario equivale a una violación se le está diciendo que la violencia sexual en ese oficio es irrelevante. El  mensaje es claro: “¿no quieres que te violen? Fácil, deja de ser puta “




Es imposible entender por qué el argumento no se extiende a la prestación de otras actividades, como la prostitución ejercidas por hombres y mujeres, y que también tienen la connotación de prestarle un servicio al cliente, de hacer que se sienta contento y bien atendido, y  que pague por eso. En la hotelería, la restauración, el transporte aéreo, los productos financieros o cualquier otra rama del sector servicios, los trabajadores que se esfuerzan por darle gusto a los clientes que pagan, no lo hacen sólo por deporte sino por la necesidad de ganar algo. El sólo hecho que exista una relación mercantil, y una dependencia salarial, de acuerdo con el feminismo, debería vetar la posibilidad de que les pueda gustar lo que hacen.

Lo más paradójico del asunto es que el sexo es tal vez la única actividad del sector servicios para la cual se tiene una medida inequívoca de “satisfacción personal por la labor realizada”. Allí existe algo, que se puede observar y registrar, para confirmar que siente gusto por lo que se hizo: el orgasmo.


Aunque para cualquier perosna no dogmática le parezca un ejercicio futil y redundante,  se hace necesario reiterar que en cualquier contexto  la diferencia entre consensual y forzado es más que una sutilidad. Y que, salvo asuntos complejos de lavado cerebral, la opinión más importante para saber si algún intercambio fue contractual  o no es precisamente la de la persona supuestamente obligada. Acaso no es ese el meollo del asunto que motivó la protesta? De la misma forma que es a la mujer violada a la que se le debe creer si quería o no, la mujer que tiró  porque le dio la gana debe tener la última palabra en cuanto a la naturaleza, contractual o forzada, de ese polvo. Aunque haya sido por dinero, y aunque a algunas ilustradas les indgne que lo haya hecho y que manifiesten enfáticamente que guácalas, ellas jamás harían eso. Nadie propone que deban ser obligadas, todo lo contrario, para eso sería útil la marcha no contaminada.

Y es esa precisamente la razón por la que en muchas oportunidades, incluyendo estas marchas, no invitan a las prostitutas. Porque a las feministas les resultaría incómodo y contrario al dogma que dijeran que no quieren ser redimidas, o que no deben ser consideradas víctimas perpetuas.  La evidencia en contra del mito que prostitución equivale a tráfico forzado de mujeres y que lo que ocurre allí es sólo violencia, sexo forzado, es voluminosa, y amerita varias entradas.


Tiene mucho que ver con el atuendo y con el disgusto que les produce a las mujeres que las llamen putas, que las confundan con esas.  Se preocupan porque ese trato vejatorio lo sufren sobre todo las minorías.  Una activista anti porno se queja de que las organizadoras estén utilizando el término slut como sinónimo de sexualidad autónoma cuando lo que ha aumentado es la presión de los hombres por una sexualidad “a la carta”

Pero no se habla de prositución: de la actividad sólo interesa el disfraz y el denigrante término para las mujeres que la ejercen.

Una feminista aclara que, por supuesto, ese silencio se debe tomar como solidaridad con las trabajadoras sexuales, pero que el uso irresponsable del término podría dar pie para que se retome la peligrosa idea que a algunas de ellas no les molesta su trabajo. El pánico contra el atentado a la doctrina venía de un cartel del slutwalk en Las Vegas. "Slut isn't a look, it's an attitude. And whether you enjoy sex for pleasure or work, it's never an invitation to violence." Reclaim the word SLUT

Aunque en esa ciudad la prostitución sigue siendo ilegal, está situada en el único estado de los EEUU en donde se permiten los burdeles, y se encuentra rodeada de ellos. O sea que, el los EEUU la de las Vegas es la única slutwalk en la que pudo haber prostitutas de verdad

most Slutwalks claim to not have not taken any position on ‘sex work’ or on pornography, other than to stand in solidarity with sex workers (which, I believe, most feminists do)