jueves, 4 de febrero de 2021

La importancia crucial del matrimonio

Fuera de trivializar la infidelidad, otro monumental descache del feminismo fue desvalorizar el matrimonio. Ambos desatinos perjudicaron fundamentalmente a las mujeres, y a sus hijos. 

Una amiga francesa cincuentona lleva viviendo más de tres décadas con el mismo hombre, compañero de universidad. Con hija mayor de edad, copropietarios de una casa, ella aún lo presenta como “mi compañero”. Hace parte de la generación mayo del 68 liberada de los rituales impuestos por la Iglesia y heteropatriarcado para las relaciones de pareja. 


En algún momento fuimos cercanos y supe que ninguno de los dos le ha  sido infiel al otro. Con la amplia aceptación que  tiene el movimiento del “mariage pour tous”, léase la formalización legal de la vida de pareja homosexual, insólitamente respaldado por el mismo feminismo que criticaba unos años atrás el matrimonio, ya no saben qué decir para justificar por qué no están casados. 


Una amiga caraqueña tiene una hija que cohabita con un catalán hace varios años. Cuando se ven los fines de semana, la cuasi suegra que quiere ser abuela tiene una costumbre: se acerca al parejo de hecho y le murmura al oído, “oye vale, ¿cuándo es que se van a casar?”


El caso de otra sudaca es igualmente revelador. Es lesbiana y vive con su pareja hace más de veinte años. Su familia siempre las aceptó sin aspavientos. Una de sus hermanas llevaba conviviendo con el mismo compañero casi diez años cuando anunció su embarazo. La liberada suegra le aclaró al futuro padre que “para tener un hijo sí sería mejor que hubiera algún papelito de respaldo”. 


María mi hija mayor, como sus hermanos, no está bautizada. Alguna vez les expliqué que la razón para no embarcarlos en una religión había sido la inercia que conduciría, incluso sin ser practicantes, a que al casarse lo hicieran por la Iglesia, con complicaciones posteriores para separarse. Yo las sufrí después de mi primer matrimonio católico: en ese tiempo en Colombia no existía la posibilidad de divorcio civil para ese vínculo. 


María lleva cohabitando con su novio varios años. Cuando contaron que vivirían juntos les pedí que aceptaran una “fiesta de concubinato” para celebrar la unión. Creyeron que me burlaba y se negaron. Hace un tiempo anunciaron que se casarían. Mi sorpresa fue mayúscula cuando anotaron que lo harían por el rito de la religión Ortodoxa, la que practica la familia de él, de origen armenio. 


Daniel, mi segundo hijo, conoció a su novia en Chile cuando hacía una pasantía. Se fue a Medellín a hacer su tesis y ella lo siguió. Las discusiones que los apartaron tuvieron que ver con que él aún no quería casarse. Ella se devolvió a su casa y poco después él viajó a Santiago a reconquistarla. Logró convencerla de que se vinieran juntos a Barcelona. Allí, cuando los oí hablar de cómo harían para la visa de ella, con lógica sudaca les propuse, “¿para qué tanta maroma en lugar de casarse?”. Mi lógica era que, sin hijos, el matrimonio era un trámite reversible que le daba a ella la no despreciable ventaja de trabajar legalmente. Él no logró tomar a la ligera la milenaria institución y lo invadieron las dudas. A ella esa indecisión la sacó de quicio y un tiempo después, cuando habían anunciado un embarazo, decidió volver a Chile. Allá nació mi nieto, lejos de Daniel. La caraqueña con cuasi yerno me dijo sin titubeos al conocer la historia: “Me solidarizo con ella, vale. ¿quién no abandona a un hombre que tiene esas dudas cuando va a tener un hijo?”  


El reverso de la medalla de la desvalorización del matrimonio fue la irresponsable facilidad con la que parejas con hijos menores se pueden divorciar ahora. Varias militancias, supuestamente progresistas y fanáticamente anticlericales –el dogma es oponerse por principio a cualquier cosa que recomiende la Iglesia Católica- llevaron a la absurda situación en la que cualquier cónyuge que se levante un día de malas pulgas y quiera mandar al diablo a su pareja, su familia, y el bienestar de sus hijos menores pueda hacerlo sin que nadie se atreva a cuestionar su decisión, ni siquiera preguntarle por qué quiere hacerlo. 


Las hordas de menores de edad que ahora no tienen un hogar sino dos, que alternan semanalmente gracias al sacrosanto arreglo de la custodia compartida, no han recibido la debida atención pero es razonable sospechar que esa será una generación afectada por esa arreglo estrambótico cándidamente defendido con el término fofo de “familias recompuestas” que de familia sólo tienen el nombre abusivamente utilizado. Por la amorosa relación que las rodea, a la parentela habría que agregar las mascotas y muy pronto los robots o las pantallas que están en el centro de las veladas familiares.