El principal argumento de la Iglesia para
oponerse al aborto es la defensa de la vida que, sostiene, se inicia con la
concepción. No siempre fue así.
A la tesis del alma que aparece desde la
fecundación, transmitida con la semilla y por lo tanto proveniente de los
padres, se opusieron quienes afirmaban que su origen no podía ser terrenal sino
divino: el soplo de Dios. En el siglo V la posición oficial de la Iglesia era
que la animación –la llegada del alma, el inicio de la vida humana- se daba al
cabo de cuarenta días.
Aunque varios concilios entre el siglo IV y
el VII agruparon aborto e infanticidio, dejaron claro que la condena al primero
no era por la premisa de un alma existente desde la concepción sino por
tratarse de acto no procreativo.
San Agustín sostenía que una mujer que
aborta es culpable no de homicidio sino de perversión. La oposición al aborto
en los primeros cristianos fue un componente más de la condena a la sexualidad,
cualquiera de cuyas manifestaciones -desde la contracepción, el aborto, el
divorcio, el adulterio hasta el uso de joyas o maquillaje- se consideraba
pecaminosa. El propósito era combatir la lujuria, hacer del sexo el símbolo de
la diferencia entre cristianos y paganos y tener un indicador inconfundible de
moralidad individual. Solteros y casados, ricos y pobres debían tener como
denominador común moral la capacidad de controlar sus impulsos sexuales.
El sexo era la vía infalible para caer en
desgracia y el preludio del desorden. San Agustín argumentaba que la
impotencia, la frigidez, las erecciones estaban por fuera del control de la
voluntad y eran prueba fehaciente de la debilidad humana ante la carne. El
problema no era la copulación en sí sino los excesos que la acompañaban. Los
esfuerzos conscientes por evitar la concepción era síntoma de concupiscencia.
El aborto y la contracepción se equiparaban pues para ambos se utilizaban las
mismas hierbas y medicinas. Además, cualquier impedimento a la procreación se
asociaba con la prostitución, el adulterio y la fornicación.
En 1588, el Papa Sixto V asimiló por primera
vez el aborto a un homicidio sin depender del momento de la gestación y le
aplicó la excomunión. Se plantea que fue una respuesta al incremento tanto de
los abortos como de la prostitución en Roma. Su sucesor Gregorio XIV volvió al
régimen anterior penalizando la interrupción del embarazo sólo después de la
animación.
En Francia pre revolucionaria, un país muy
cristiano, los médicos utilizaban todo tipo de analogías vegetales o animales
para refererirse al embrión. Primero un gran fríjol o grano de trigo; luego una
larva, renacuajo, o pollo. Así, ponerle fin a un embarazo antes de la animación
no era un aborto, mucho menos un crimen, sino una simple medida contraceptiva.
En el siglo XVIII Inocencio XI confirma que
la condena del aborto es independiente de las controversias sobre el momento de
aparición del alma. Sólo a finales del siglo XIX el papado favorece la tesis de
la animación inmediata. Varias encíclicas reiteran la prohibición absoluta del
aborto pero en Humanae Vitae, de 1968, esta conducta todavía aparece en el
mismo plano que la contracepción artificial y la esterilización como una “vía
ilícita para la regulación de los nacimientos”. Es bajo Juan Pablo II, en el
Catecismo de la Iglesia Católica, publicado en 1992 que se estipula que “puesto
que debe ser tratado como una persona desde la concepción, el embrión deberá
ser defendido en su integridad, cuidado y atendido médicamente como todo ser
humano”. En Evangelium Vitae, de 1995, se señala que a los homicidios, los
genocidios y las guerras se suman “nuevas amenazas a la vida humana” como “el
aborto, la eutanasia y el mismo suicidio voluntario”.
REFERENCIAS
McLaren, Angus (1992). A History of Contraception. From Antiquity to the Present Day. Oxford: Blackwell
Morel, Marie-France (2002). “Histoire de l’avortement”.
Réalités en gynécologie obstétrique
n° 76, décembre 2002, p. 51-53. Versión
digital
Bula de Sixto V:
Brind'Amour, Katherine (sf). “Effraenatam”. The Embryo Project Encyclopedia