lunes, 26 de mayo de 2014

Huír o pelear, el dilema de la infidelidad

Juliana, casada con tres hijos universitarios, mantuvo por varios años un affaire con Ricardo, un ex novio arquitecto. Radicada en Houston desde los noventa, el romance lo facilitó un proyecto de construcción en el que participó Ricardo, quien vive cerca de Boston con una hippie que la edad tornó histérica y dominante. El chance de flirtear con su novia de joven le cayó al encontrarse con ella por casualidad. Apuntó el precioso telefóno y en su oficina movió los hilos necesarios para que lo vincularan al proyecto en Houston. Endulzar ese oído arisco le tomó muchos meses pero, muy aplicado, logró seducir telefónicamente a Juliana. Tras un par de citas en el aeropuerto, se empezaron a ver furtivamente en un hotel dos o tres días al mes, mientras duró la obra. Al final, ninguno de los dos tuvo el berrinche suficiente para irse de su casa y convencer al otro de quedarse en la estratosfera. Juliana asegura que su marido nunca se enteró de nada. Y no está dispuesta a oir ningún argumento a favor de contarle. Se niega a aceptar que el incidente en que él agredió a un señor que la miraba insistentemente tenga algo que ver con un arranque de celos acumulados. No quiere separarse -qué camello lo de los hijos y las navidades- pero guarda maravillosos recuerdos de esa aventura.

También por una obra lejana, el maestro Becerra bajó todos los lunes durante cuatro años al Valle de Tenza para trabajar como albañil en la construcción de una finca. Le colaboraban dos campesinos de la vereda. Durante la semana tenía un arreglo de hospedaje con alimentación en la casa de César, su ayudante, y volvía a Bogotá los viernes. Ruby, la esposa de César, hacía las arepas, el caldo y el café por la mañana. También les llevaba en portacomidas el almuerzo a su marido y al maestro. Como pasa con la sociedad conyugal, nadie supo del romance de Ruby con el foráneo hasta su liquidación. Victoria, la esposa de Becerra, lo cortó estrepitosamente bajando de sorpresa, enfrentando a su rival y consiguiéndole otro alojamiento al marido. Como si nada, el maestro siguió trabajando un par de años con César, y Ruby no volvió por la obra.

Guillermo fue novio de Sonia después de que el prometido viajara a Francia a hacer un doctorado y se quedara por allá más de una década. Le arrastró el ala camuflado de amigo por dos años largos. Cuando se hizo evidente que ningún programa de retorno de profesionales serviría para concretar al emigrante, Guillermo fue ascendido a novio oficial. Se casaron pronto y tuvieron dos hijas. Administrador de empresas con especialización, profesor de cátedra, trabajador, Guillermo siempre tuvo buenos puestos, sin llegar al nivel de ejecutivo estrella. A pesar de sus buenos ingresos y de sus pocos lujos, estaba siempre endeudado por su afán de acumular propiedades. Parte de los créditos que pedía eran para cancelar intereses de obligaciones anteriores. Sonia vivía sin saber cuales serían las culebras cada fin de mes. Esa permanente angustia tal vez explica por qué nunca sospechó nada. Nadie vio venir que, como los intereses a lo largo de su vida, una hábil y paciente prestamista devoraría a Guillermo poco a poco. En retrospectiva, atando cabo sueltos, Sonia piensa que el affaire duró varios años. Sólo en el momento de la separación de bienes se enteró de que la amante de su marido era también su principal acreedora. 

Parece increíble que no haya en Colombia ni un estudio, ni una encuesta, ni una recopilación de testimonios que pudieran dar pistas sobre cómo enfrentar el dilema de los cuernos, propios o ajenos, que es tan simple como tenaz: irse o quedarse, echar o aceptar. En tan pantanoso y contradictorio terreno –demonizado por unos, trivializado por otros-  la recomendación que yo me atrevo a dar es que quien sufre los cuernos no debe irse de la casa. La indignación es mala consejera y jugar de visitante es un duro papayazo para lo que sigue.

Paradójicamente, de estas tres mujeres, la que añora alguna orientación es la más audaz y emancipada. Hasta cuando murió Becerra, Victoria estuvo segura de que hizo lo que tocaba, salvar su matrimonio. Sonia, con enormes costos financieros y emocionales, no se arrepiente ni un minuto de haber echado de la casa a Guillermo para reiniciar la vida a su manera. Juliana siente que ese reencuache apasionado no tenía perspectivas pero, recurrentemente, la atormenta la duda de haber dejado pasar su tren hacia Nirvana.