Juliana, casada con tres hijos
universitarios, mantuvo por varios años un affaire con Ricardo, un ex novio
arquitecto. Radicada en Houston desde los noventa, el romance lo facilitó un
proyecto de construcción en el que participó Ricardo, quien vive cerca de
Boston con una hippie que la edad tornó histérica y dominante. El chance de
flirtear con su novia de joven le cayó al encontrarse con ella por casualidad.
Apuntó el precioso telefóno y en su oficina movió los hilos necesarios para que
lo vincularan al proyecto en Houston. Endulzar ese oído arisco le tomó muchos
meses pero, muy aplicado, logró seducir telefónicamente a Juliana. Tras un par
de citas en el aeropuerto, se empezaron a ver furtivamente en un hotel dos o
tres días al mes, mientras duró la obra. Al final, ninguno de los dos tuvo el
berrinche suficiente para irse de su casa y convencer al otro de quedarse en la
estratosfera. Juliana asegura que su marido nunca se enteró de nada. Y no está
dispuesta a oir ningún argumento a favor de contarle. Se niega a aceptar que el
incidente en que él agredió a un señor que la miraba insistentemente tenga algo
que ver con un arranque de celos acumulados. No quiere separarse -qué camello
lo de los hijos y las navidades- pero guarda maravillosos recuerdos de esa aventura.
También por una obra lejana, el maestro
Becerra bajó todos los lunes durante cuatro años al Valle de Tenza para
trabajar como albañil en la construcción de una finca. Le colaboraban dos campesinos
de la vereda. Durante la semana tenía un arreglo de hospedaje con alimentación
en la casa de César, su ayudante, y volvía a Bogotá los viernes. Ruby, la
esposa de César, hacía las arepas, el caldo y el café por la mañana. También
les llevaba en portacomidas el almuerzo a su marido y al maestro. Como pasa con
la sociedad conyugal, nadie supo del romance de Ruby con el foráneo hasta su
liquidación. Victoria, la esposa de Becerra, lo cortó estrepitosamente bajando
de sorpresa, enfrentando a su rival y consiguiéndole otro alojamiento al
marido. Como si nada, el maestro siguió trabajando un par de años con César, y
Ruby no volvió por la obra.
Guillermo fue novio de Sonia después de
que el prometido viajara a Francia a hacer un doctorado y se quedara por allá
más de una década. Le arrastró el ala camuflado de amigo por dos años largos.
Cuando se hizo evidente que ningún programa de retorno de profesionales serviría
para concretar al emigrante, Guillermo fue ascendido a novio oficial. Se
casaron pronto y tuvieron dos hijas. Administrador de empresas con
especialización, profesor de cátedra, trabajador, Guillermo siempre tuvo buenos
puestos, sin llegar al nivel de ejecutivo estrella. A pesar de sus buenos
ingresos y de sus pocos lujos, estaba siempre endeudado por su afán de acumular
propiedades. Parte de los créditos que pedía eran para cancelar intereses de
obligaciones anteriores. Sonia vivía sin saber cuales serían las culebras cada
fin de mes. Esa permanente angustia tal vez explica por qué nunca sospechó
nada. Nadie vio venir que, como los intereses a lo largo de su vida, una hábil
y paciente prestamista devoraría a Guillermo poco a poco. En retrospectiva,
atando cabo sueltos, Sonia piensa que el affaire duró varios años. Sólo en el
momento de la separación de bienes se enteró de que la amante de su marido era
también su principal acreedora.
Parece increíble que no haya en
Colombia ni un estudio, ni una encuesta, ni una recopilación de testimonios que
pudieran dar pistas sobre cómo enfrentar el dilema de los cuernos, propios o
ajenos, que es tan simple como tenaz: irse o quedarse, echar o aceptar. En tan
pantanoso y contradictorio terreno –demonizado por unos, trivializado por
otros- la recomendación que yo me
atrevo a dar es que quien sufre los cuernos no debe irse de la casa. La indignación
es mala consejera y jugar de visitante es un duro papayazo para lo que sigue.