jueves, 10 de abril de 2014

Acoso sexual paramilitar






Alfredo Molano cuenta la historia de la Mona, quien recién separada vivía con sus dos hijos y era enfermera auxiliar en una clínica a dónde llegaban uniformados heridos.

Supuso que eran soldados y no entendía por qué no los llevaban a hospitales militares. Un día su jefe le dijo que se preparara para una emergencia rural. Al llegar a un caserío, él mismo la tranquilizó. “Mona, son seres humanos … usted es profesional y sabe muy bien qué debemos hacer”. Entró a un galpón oscuro y maloliente y se puso a “hacer curaciones durante tres días seguidos”. Su trabajo fue excelente. “Me sentí reina. Me había dado entera. No sólo trataba de curarles las heridas, sino que les lavaba en la quebrada los uniformes y las medias”. Más tarde se le acercó el comandante. “Mona, muy querida vos, quedamos muy agradecidos con vos”. Le entregó un paquete que ella se echó al bolsillo sin abrirlo. Apenas llegó a la clínica se encerró a contar, “dos millones de pesos en billetes de cincuenta. ¡Una fortuna!”. Se fue acostumbrando a las misiones rurales bien pagas. Le gustaba ver a sus niños contentos y no sufrir con las cuentas de servicios públicos. También entendió que “los paramilitares eran gente corriente, que sufrían la guerra y que les hacía falta dinero”. 

Un día le dijeron que en el Bloque Caquetá estaban sin enfermera y necesitaban un reemplazo temporal. Aceptó y al día siguiente salió hacia Florencia. Después de un viaje largo por avión, lancha y mula llegaron al campamento de Doblecero. Le pareció huraño. “Esperaba otro recibimiento, venía de voluntaria y no de combatiente regular”. Al día siguiente la presentó como parte del nuevo equipo médico. Así, “me dediqué en cuerpo y alma a mi oficio, a ser una cabal enfermera de guerra”. 

Pronto estableció rutinas. Era la encargada del examen médico de reclutamiento y frente a ella pasaron desnudos muchos candidatos. Madrugaba a bañarse en la quebrada antes de que llegaran los demás. “Yo no me desnudaba delante de los hombres, así los conociera empelotos a todos”. La incomodaban bastante las miradas de los micos. Era un ambiente de machos. “La verdad es que mujeres armadas y que salieran al combate, pocas. Muy pocas. La gran mayoría eran prostitutas que traían o mandaban traer”. 

Un día Doblecero la invitó a almorzar y le preguntó “Mona, ¿usted copia o no copia?”. Quedó desconcertada y respondió que no entendía. El comandante se le echó encima: “¿Quiere dormir conmigo esta noche?”. A ella no le gustó nada la propuesta. “¿Sabe qué? Usted me irrespeta, yo soy la enfermera y no una de las putas que traen por aquí. Yo no soy la cantimplora de nadie”. No había terminado de hablar cuando recibió una tremenda bofetada. El frustrado seductor le gritó: “¡Yo soy su comandante y si digo que el cielo es morado, usted lo ve morado!”. Ella lo escupió, él la agarró del pelo, la tiró al suelo, le dio dos patadas en las costillas mientras la insultaba. “¡Malnacida! ¿Usted con quien cree que está hablando?”. Tardó días en recuperarse. Cuando Doblecero fue a visitarla ella le dijo que daba por terminada la relación con el Bloque, que le pagaran lo que le debían pues se iba. Él se mostró sorprendido. “¡Uy qué Mona más alebrestada, si sólo le hice un cariño”. Antes de irse le aclaró su nueva situación. “Qué pena pero usted de aquí no se puede ir. Usted ya hace parte de las autodefensas y usted ya no se manda sola; yo soy su mando y no puede irse. ¿Entendió?”. En seguida llamó a un patrullero: “a esta vieja démele entrenamiento militar, un fusil y un camuflado”. Así terminó la Mona de tigre. 

Hay paramilitares, hay violencia sexual y hay una variada lista de ataques criminales contra la Mona. Pero el libreto comodín de la “violación como arma de guerra” ayuda bastante poco a describir, entender o evitar que se repita la situación de esta mujer. A ella tampoco le serviría para nada ese guión si quisiera emprender una acción penal contra sus victimarios.