viernes, 4 de abril de 2014

Socialistas, liberales e inmigración



"Hay cuestiones que uno sólo entiende a profundidad cuando ha pasado por ciertos sufrimientos”.

Tal fue el inicio de la intervención de un diputado socialista francés cuando, a finales del siglo XIX, su grupo se oponía tenazmente a la discriminación contra los extranjeros en el territorio. Se refería a su situación como exilado político en Londres tras la persecución sufrida bajo el Segundo Imperio. Consideraba que el proyecto de ley bajo discusión era una “negación de la civilización”. No entendía que la República pudiera establecer discriminaciones basadas en la nacionalidad. “Es un poco bárbaro el movimiento de repulsión, de desconfianza instintiva contra el extranjero por ser extranjero, porque es de otra sangre y de otra raza”, confirmaba otro reputado miembro de la izquierda radical. Un diputado parisino, también periodista, trataba de convencer a la asamblea que la Constituyente había afirmado que cualquier extranjero tenía derecho a establecerse en Francia. Le indignaba el argumento económico de la competencia con los trabajadores locales: “¿acaso estos extranjeros no contribuyen a la riqueza nacional? ¿No estamos contentos de tenerlos entre nosotros?

Los liberales, por su parte, daban argumentos complementarios más preocupados por la eficiencia y la libertad de empresa. Recordaban los ideales de la Revolución para rechazar cualquier idea de protección del trabajo. Uno de ellos, varias veces ministro, anotaba que “encuentro realmente sorprendente, extraordinario, que personas que dicen seguir los principios de 1789 tengan semejantes concepciones legislativas”. Para rechazar los obstáculos que se pretendían imponer sobre quienes “vienen a disfrutar de la hospitalidad nacional” le bastaba con “invocar razones de orden moral y filosófico”.

Estas enérgicas reacciones se daban en contra de la propuesta, ni siquiera de deportar, sino de ponerles un impuesto a los trabajadores extranjeros para compensar las ventajas de las que, según las quejas de obreros y agricultores franceses, disfrutaban.

Durante la segunda mitad del siglo XIX Francia era el principal país europeo receptor de mano de obra extranjera. Allí llegaban, tanto a la industria y la artesanía como al sector rural, algunos de manera estacional, trabajadores españoles, italianos, belgas, suizos y alemanes. En todos los tratados de comercio que se firmaban para facilitar la circulación de mercancías se contemplaba de oficio facilitar el libre desplazamiento de las personas. Todos los tratados tenían una cláusula similar a la firmada con Serbia según la cual ambos Estados “tendrán recíprocamente, y al mismo título que los nacionales, y sin ninguna distinción de raza o de religión, la facultad de viajar, de residir, de establecerse en cualquier lugar donde juzguen conveniente para sus intereses ejercer cualquier tipo de industria u oficio, de hacer comercio al por mayor y al detal etc sin tener que pagar derechos a los nacionales”.

Estos flujos migratorios causaban problemas, hasta enfrentamientos y riñas, con los habitantes que nunca repercutían fuera del ámbito local.  Fue a raiz de un incidente militar contra Italia por el protectorado de Túnez que los enfrentamientos con extranjeros pasaron a ser un asunto político en la capital. Al desembarcar la tropa francesa en Marsella toda la ciudad los recibió caluosamente con la excepción de los miembros de un club italiano que, al pasar el cortejo frente a su cede, les chiflaron a los héroes. Durante varios días los jóvenes marselleses, cantando su himno, matonearon italianos de manera indiscriminada. El incidente marcó un quiebre en el tratamiento mediático y político de estos enfrentamientos bi-nacionales en las provincias. Es por esta época que “los profesionales del discurso público empezaron a hacer hablar a las multitudes”. Por primera vez  un conflicto entre obreros en un municipio se percibía como un problema político nacional. Los medios parisinos se interesaron por las riñas locales que siempre habían ignorado, y el gobierno mandó por primera vez recoger información regular sobre tales asuntos. El historiador Gérard Noiriel anota que lo ocurrido en Marsella jugó un papel definitivo en “la invención del problema de la inmigración” en Francia.

La idea original del impuesto, atacada por socialistas y liberales fue rechazada. La comisión parlamentaria encontró una alternativa más presentable: reemplazar el tributo por la obligación de una “condición para residir y establecerse”. La propuesta fue inmediatamente aceptada y en agosto de 1893 se aprobó una ley relacionada con “la residencia de los extranjeros en Francia y la protección del trabajo nacional”. Con ella se obligó a los extranjeros a registrarse en su comunidad para que la alcaldía les expidiera una tarjeta de identidad. 


Tanto la ideología liberal como la socialista cedieron ante la necesidad administrativa de identificar a las personas. Se abría el camino a la invención de la nacionalidad y posteriormente a la posibilidad de restringir los movimientos internacionales de personas. Hoy por hoy ya ni sorprende la declaración de un político progresista belga, bien alejada de sus antecesores ilustrados:  “la inmigración libre es enemiga del socialismo”.