lunes, 13 de octubre de 2014

Esa paz lejana, ajena

En una encuesta realizada hace unos meses con alumnos del Externado les preguntamos a 300 empresas bogotanas acerca de sus expectativas sobre lo que cambiará si se firma la paz.

Fue mayor la euforia con lo lejano, aquello sobre lo que no tienen información directa, ni pueden alterar, que con lo que conocen de cerca y hace parte de sus decisiones cotidianas. Hubo mayor acuerdo en pronosticar que aumentará la inversión extranjera y habrá más oportunidades para los grandes conglomerados que en prever nuevos negocios o mayores ventas para las propias empresas. “Si se firma la paz en el país las grandes multinacionales y los tratados de libre inversión generarán más demanda” afirmó el representante de una firma de vigilancia.  Mientras que para esas vagas y lejanas oportunidades por cada pesimista –el que opina que no pasará nada- hay siete optimistas –quien cree que pasará mucho- para las perspectivas cercanas y concretas la relación se reduce a dos. La percepción es que la paz beneficiará básicamente a otros, a las multinacionales, a los cacaos, a los que dependen del campo, o de la minería.  En la ciudad no cambiará gran cosa. “Esta empresa funciona con guerra o sin ella” concluye el ejecutivo de una compañía de servicios.

Las empresas vinculadas con ciertos sectores específicos sí se muestran entusiasmadas con las consecuencias directas, concretas, de la paz sobre su negocio. Un fabricante de mangueras para las petroleras fue contundente. “Claro que sí. La razón está en los mayores niveles de inversión. En Colombia sólo se ha explotado menos del 25% de los recursos mineros y petroleros. Los inversionistas extranjeros no llegan por la volatilidad que existe en materia de seguridad”. Una firma consultora especializada en “actores pertenecientes al sector del desarrollo” también se mostró entusiasta. “Los recursos que van a llegar a Colombia por posconflicto son inimaginables, van a ser muy altos y nosotros somos un ente listo y preparado para que ese dinero llegue a quien debe llegar”. Fuera de la industria petrolera que todavía sufre atentados, el boom de la paz parece evidente en el sector de ONGs, expertos internacionales, centros de estudio, consultores y burócratas que no darán abasto planeando, diseñando proyectos y asignando recursos de inversión para el revolcón del campo.

Una parte de los entrevistados esperan que algo de la bonanza de los otros les llegue. “Si se firma la paz mejora todo para cualquier economía, nosotros por ejemplo podríamos expandirnos a otros lugares … Nos verían como un país de inversión, por lo tanto se ampliaría nuestro plan de acción, se crearían nuevas empresas que van a adquirir (nuestros) servicios”. La percepción sobre planes autónomos es más tímida: “de pronto podríamos incursionar en otras ciudades”.

La impresión de que el dividendo de las negociaciones será positivo está relacionada con el contacto directo que los empresarios han tenido con la guerra. Paradójicamente, el menor porcentaje de optimistas con la paz se da precisamente entre quienes reportan haber hecho negocios en zonas de conflicto. “Yo siento que no habría ninguna diferencia si se firma o no la paz porque (nuestras) condiciones en este momento no están relacionadas directamente con el conflicto armado, o los grupos paramilitares o la guerrilla. Creo que no nos daría ningún beneficio” anota el vocero de una firma que opera en regiones afectadas. Es como si pensara que su radio de acción ya está pacificado, algo que coincide con el hecho que en los últimos años ha habido un claro repliegue del accionar de la guerrilla hacia las fronteras.


No es fácil compaginar los acuerdos sobre reforma del campo con la predicción de que al firmarse la paz la economía crecerá a tasas vertiginosas. Esa futura y romántica locomotora rural es más imaginaria que real. Constituye uno de los mayores logros publicitarios del actual proceso de paz y ayuda a explicar tanto el desgano con las negociaciones como la discrepancia entre lo que piensan las firmas bogotanas que va a ocurrir por allá en el sector rural, cada vez más lejos, y lo que saben, mejor informadas, sobre sus propias perspectivas reales. Parecería que para muchos el posconflicto hace rato llegó, un mensaje que surge por distintos lados, no sólo entre los empresarios urbanos. Es una herejía que molesta por igual a los expertos pazólogos, a los mamertos y a la extrema derecha, pero que desmitifica lo que tan lentamente se cocina en La Habana.