En
una encuesta realizada hace unos meses con alumnos del Externado les
preguntamos a 300 empresas bogotanas acerca de sus expectativas sobre lo que
cambiará si se firma la paz.
Fue
mayor la euforia con lo lejano, aquello sobre lo que no tienen información
directa, ni pueden alterar, que con lo que conocen de cerca y hace parte de sus
decisiones cotidianas. Hubo mayor acuerdo en pronosticar que aumentará la
inversión extranjera y habrá más oportunidades para los grandes conglomerados
que en prever nuevos negocios o mayores ventas para las propias empresas. “Si
se firma la paz en el país las grandes multinacionales y los tratados de libre
inversión generarán más demanda” afirmó el representante de una firma de
vigilancia. Mientras que para esas
vagas y lejanas oportunidades por cada pesimista –el que opina que no pasará
nada- hay siete optimistas –quien cree que pasará mucho- para las perspectivas
cercanas y concretas la relación se reduce a dos. La percepción es que la paz
beneficiará básicamente a otros, a las multinacionales, a los cacaos, a los que
dependen del campo, o de la minería.
En la ciudad no cambiará gran cosa. “Esta empresa funciona con guerra o
sin ella” concluye el ejecutivo de una compañía de servicios.
Las
empresas vinculadas con ciertos sectores específicos sí se muestran
entusiasmadas con las consecuencias directas, concretas, de la paz sobre su
negocio. Un fabricante de mangueras para las petroleras fue contundente. “Claro
que sí. La razón está en los mayores niveles de inversión. En Colombia sólo se
ha explotado menos del 25% de los recursos mineros y petroleros. Los
inversionistas extranjeros no llegan por la volatilidad que existe en materia
de seguridad”. Una firma consultora especializada en “actores pertenecientes al
sector del desarrollo” también se mostró entusiasta. “Los recursos que van a
llegar a Colombia por posconflicto son inimaginables, van a ser muy altos y
nosotros somos un ente listo y preparado para que ese dinero llegue a quien
debe llegar”. Fuera de la industria petrolera que todavía sufre atentados, el
boom de la paz parece evidente en el sector de ONGs, expertos internacionales,
centros de estudio, consultores y burócratas que no darán abasto planeando,
diseñando proyectos y asignando recursos de inversión para el revolcón del
campo.
Una
parte de los entrevistados esperan que algo de la bonanza de los otros les
llegue. “Si se firma la paz mejora todo para cualquier economía, nosotros por
ejemplo podríamos expandirnos a otros lugares … Nos verían como un país de
inversión, por lo tanto se ampliaría nuestro plan de acción, se crearían nuevas
empresas que van a adquirir (nuestros) servicios”. La percepción sobre planes
autónomos es más tímida: “de pronto podríamos incursionar en otras ciudades”.
La
impresión de que el dividendo de las negociaciones será positivo está
relacionada con el contacto directo que los empresarios han tenido con la
guerra. Paradójicamente, el menor porcentaje de optimistas con la paz se da
precisamente entre quienes reportan haber hecho negocios en zonas de conflicto.
“Yo siento que no habría ninguna diferencia si se firma o no la paz porque (nuestras)
condiciones en este momento no están relacionadas directamente con el conflicto
armado, o los grupos paramilitares o la guerrilla. Creo que no nos daría ningún
beneficio” anota el vocero de una firma que opera en regiones afectadas. Es
como si pensara que su radio de acción ya está pacificado, algo que coincide
con el hecho que en los últimos años ha habido un claro repliegue del accionar
de la guerrilla hacia las fronteras.
No
es fácil compaginar los acuerdos sobre reforma del campo con la predicción de
que al firmarse la paz la economía crecerá a tasas vertiginosas. Esa futura y
romántica locomotora rural es más imaginaria que real. Constituye uno de los
mayores logros publicitarios del actual proceso de paz y ayuda a explicar tanto
el desgano con las negociaciones como la discrepancia entre lo que piensan las
firmas bogotanas que va a ocurrir por allá en el sector rural, cada vez más
lejos, y lo que saben, mejor informadas, sobre sus propias perspectivas reales.
Parecería que para muchos el posconflicto hace rato llegó, un mensaje que surge
por distintos lados, no sólo entre los empresarios urbanos. Es una herejía que
molesta por igual a los expertos pazólogos, a los mamertos y a la extrema
derecha, pero que desmitifica lo que tan lentamente se cocina en La Habana.