La Habana es un museo al aire libre,
con edificios históricos que conservaron sus estructuras originales. Por sus
calles transitan carros Buick, Cadillac, Chevrolet y Dodge tan viejos como el
conflicto armado colombiano.
Norman Foster quedó fascinado con el
ambiente y quiso documentarlo en el libro “Havana autos & architecture”.
Evoca un “torbellino de decadencia detenida en el tiempo que sólo puede
encontrarse en la isla”. Un fotógrafo suizo también quedó enamorado: “Los
edificios son los mismos, y las calles no han cambiado mucho. En cierto sentido
la ciudad está detenida”.
En un entorno tan retro, tan “vintage”,
los comandantes farianos no sólo se amañaron sino que reciclan viejas ideas
para cambiar el país actual. La Reforma Rural Integral (RRI), borrador de
acuerdo recién divulgado, es básicamente un inventario exhaustivo e idealista
de todo lo que le falta al campo colombiano para igualar el nivel de vida
urbano. Según los comandantes, ese es el requisito para la paz en Colombia.
Poco ha cambiado desde los años setenta, cuando el plan de desarrollo “Para
Cerrar la Brecha” -expresión retomada en el RRI- buscaba “la provisión de
infraestructura, crédito, asistencia técnica y servicios sociales” para reducir
los conflictos rurales.
Yo pensaba que los negociadores del
gobierno eran conscientes del despiste temporal de los rebeldes y les llevarían
la corriente. Pero el ambiente retro también los está embriagando y empiezan a
tomarse en serio el cuento que van a despertar a una Colombia aletargada,
vacunándola contra la violencia con la misma fallida receta de hace décadas.
Ante un auditorio bogotano, con escasa modestia, Sergio Jaramillo anotó que los
acuerdos llevarán a “la mayor transformación imaginable en la historia de
Colombia”. Fue locuaz en deseos y planes pero esquivo con las inquietudes
gruesas. Suponiendo que la RRI termina el conflcto fariano, no explicó la
mecánica del impacto sobre las demás violencias, pero dio por descontado que
también se reducirán. Ignoró las dificultades de ejecución de ambiciosas obras
rurales en un país cuya capital aún no sabe meter en cintura a los
contratistas. En medio de los frustrantes debates parlamentarios para reformar
la política y la rama judicial, no dijo cual será el truco mágico para que las
instituciones disfuncionales y corrompidas dejen de serlo en zonas alejadas
afectadas por la guerra. Sin precisar cómo, señaló que en la nueva Colombia se
implantará el “no matarás”, pero no habló del mensaje evidente del actual proceso
para las nuevas generaciones de matones que matar sí pagó. Calló lo que a
cualquier ciudadano no alzado en armas le resulta incómodo: por qué ese Gran
Salto Adelante se negocia con quienes deberían ser los últimos en la fila del
protagonismo político, precisamente por haber matado. Defendió un agrarismo no
sólo burocrático y estatista sino francamente retro, reaccionario. El Alto
Comisionado parecía exponiéndole su plan de desarrollo rural a un grupo de
universitarios idealistas de los años setenta.
Fuera del dudoso efecto pacificador de
las reformas campesinas en un país con mafias transnacionales y violencia
urbana, una cuenta que le está fallando a los bucólicos es la emigración hacia
las ciudades, por el atractivo que ejercen sobre los guerrilleros campesinos
jóvenes y, con más fuerza, sobre las combatientes que huyeron del machismo de
sus hogares y veredas, a donde no querrán ni acercarse, y de donde están
emigrando cada vez más mujeres jóvenes. Estos segmentos, mayoritarios en la
guerrilla, están subrepresentados en una mesa gerontocrática y patriarcal. De
haberse negociado pensando en las nuevas generaciones –las que pueden
reincidir- los requisitos para
dejar las armas hubieran sido más factibles y menos costosos: cómo
reinsertarse, estudiar y conseguir empleo en los sectores modernos y dinámicos
existentes.
Pocos de los desmovilizados campesinos
han vuelto a su lugar de origen. La mayoría se instaló en una ciudad, buscando
un trabajo, estudio, contactos y pareja urbanos, una realidad que debería
inspirar políticas pragmáticas para el posconflicto pero que no parece
interesarle a una delegación dogmática y autoritaria de guerrilleros rústicos,
ni a unos funcionarios engolosinados con la planeación estatal y la asignación
burocrática de recursos para el campo. Paseando en un taxi Cadillac por esa
Cartagena sin restaurar, oyendo a Celina y Reutilio, sueñan que salvarán una
Colombia tan estancada como la hermosa y decadente capital cubana.
Jaramillo, Sergio (2014). En SI o NO, El Poder de los
Argumentos, La Silla Vacía, Octubre
8
Saile Belinda (2014). "Sueños cromados". El País, Octubre 10