lunes, 13 de octubre de 2014

Reforma rural desde la Habana vieja

La Habana es un museo al aire libre, con edificios históricos que conservaron sus estructuras originales. Por sus calles transitan carros Buick, Cadillac, Chevrolet y Dodge tan viejos como el conflicto armado colombiano.

Norman Foster quedó fascinado con el ambiente y quiso documentarlo en el libro “Havana autos & architecture”. Evoca un “torbellino de decadencia detenida en el tiempo que sólo puede encontrarse en la isla”. Un fotógrafo suizo también quedó enamorado: “Los edificios son los mismos, y las calles no han cambiado mucho. En cierto sentido la ciudad está detenida”.

En un entorno tan retro, tan “vintage”, los comandantes farianos no sólo se amañaron sino que reciclan viejas ideas para cambiar el país actual. La Reforma Rural Integral (RRI), borrador de acuerdo recién divulgado, es básicamente un inventario exhaustivo e idealista de todo lo que le falta al campo colombiano para igualar el nivel de vida urbano. Según los comandantes, ese es el requisito para la paz en Colombia. Poco ha cambiado desde los años setenta, cuando el plan de desarrollo “Para Cerrar la Brecha” -expresión retomada en el RRI- buscaba “la provisión de infraestructura, crédito, asistencia técnica y servicios sociales” para reducir los conflictos rurales.

Yo pensaba que los negociadores del gobierno eran conscientes del despiste temporal de los rebeldes y les llevarían la corriente. Pero el ambiente retro también los está embriagando y empiezan a tomarse en serio el cuento que van a despertar a una Colombia aletargada, vacunándola contra la violencia con la misma fallida receta de hace décadas. Ante un auditorio bogotano, con escasa modestia, Sergio Jaramillo anotó que los acuerdos llevarán a “la mayor transformación imaginable en la historia de Colombia”. Fue locuaz en deseos y planes pero esquivo con las inquietudes gruesas. Suponiendo que la RRI termina el conflcto fariano, no explicó la mecánica del impacto sobre las demás violencias, pero dio por descontado que también se reducirán. Ignoró las dificultades de ejecución de ambiciosas obras rurales en un país cuya capital aún no sabe meter en cintura a los contratistas. En medio de los frustrantes debates parlamentarios para reformar la política y la rama judicial, no dijo cual será el truco mágico para que las instituciones disfuncionales y corrompidas dejen de serlo en zonas alejadas afectadas por la guerra. Sin precisar cómo, señaló que en la nueva Colombia se implantará el “no matarás”, pero no habló del mensaje evidente del actual proceso para las nuevas generaciones de matones que matar sí pagó. Calló lo que a cualquier ciudadano no alzado en armas le resulta incómodo: por qué ese Gran Salto Adelante se negocia con quienes deberían ser los últimos en la fila del protagonismo político, precisamente por haber matado. Defendió un agrarismo no sólo burocrático y estatista sino francamente retro, reaccionario. El Alto Comisionado parecía exponiéndole su plan de desarrollo rural a un grupo de universitarios idealistas de los años setenta.

Fuera del dudoso efecto pacificador de las reformas campesinas en un país con mafias transnacionales y violencia urbana, una cuenta que le está fallando a los bucólicos es la emigración hacia las ciudades, por el atractivo que ejercen sobre los guerrilleros campesinos jóvenes y, con más fuerza, sobre las combatientes que huyeron del machismo de sus hogares y veredas, a donde no querrán ni acercarse, y de donde están emigrando cada vez más mujeres jóvenes. Estos segmentos, mayoritarios en la guerrilla, están subrepresentados en una mesa gerontocrática y patriarcal. De haberse negociado pensando en las nuevas generaciones –las que pueden reincidir-  los requisitos para dejar las armas hubieran sido más factibles y menos costosos: cómo reinsertarse, estudiar y conseguir empleo en los sectores modernos y dinámicos existentes.

Pocos de los desmovilizados campesinos han vuelto a su lugar de origen. La mayoría se instaló en una ciudad, buscando un trabajo, estudio, contactos y pareja urbanos, una realidad que debería inspirar políticas pragmáticas para el posconflicto pero que no parece interesarle a una delegación dogmática y autoritaria de guerrilleros rústicos, ni a unos funcionarios engolosinados con la planeación estatal y la asignación burocrática de recursos para el campo. Paseando en un taxi Cadillac por esa Cartagena sin restaurar, oyendo a Celina y Reutilio, sueñan que salvarán una Colombia tan estancada como la hermosa y decadente capital cubana.




Jaramillo, Sergio (2014).  En SI o NO, El Poder de los Argumentos,  La Silla Vacía, Octubre 8

Saile Belinda (2014). "Sueños cromados". El País, Octubre 10

Young, Nigel (2014). "La Habana. Un museo al aire libre". El País, Octubre 9

Young, Nigel (2014) "Havana, Autos and Architecture". Vimeo