miércoles, 22 de enero de 2014

La visitadora venezolana a las FARC



Marta Prats, una escort catalana cuenta en su blog la aventura de una venezolana  “amiguita” suya con varias colegas a un campamento de las FARC en el 2002. En ese momento era muy joven, con sólo 19 añitos. Luego de un viaje de tres días, atravesando la frontera, llegan al lugar donde se realiza una primera selección. “A las que no cumplen los requisitos de belleza se las devuelve a su casa previo pago de unos 300 euros actuales. Las demás siguen el camino en unos pequeños camiones con techo de lona que traquetrean por caminos llenos de fango, con un calor insoportable, subiendo y cruzando montañas, adentrándose poco a poco en la selva”.

Llegan a una aldea en donde las recibe un médico ginecólogo para un día entero de chequeos y pruebas del VIH. Nuevamente, las que no pasan el filtro las devuelven. “Piensa a veces en esos tremendos guerrilleros, tiene miedo de que la violen, de que la maten”, comienza a oírse por la noche el fuego cruzado de ambos bandos”. Llegan por fin al campamento, en un claro de la selva no muy grande. “Solo hay barracones de madera, chamizos de hojas de palma y nada más. Para trabajar disponen de unas pequeñas chozas. Hay un guerrillero que es el que controla a los hombres que vuelven cansados de luchar y que disponen de algún día de asueto … Los hombres hacen fila delante de la puerta de cada una de ellas, disponen solo de 20 minutos. Les dan preservativos, vienen lavados de un rio cercano”.

La amiguita le comenta que “hace rayitas en una libreta para ir controlando cuantos hombres han pasado. El guardia también controla y lo hace bien. Al que se pasa, un tiro. Hubo uno que se quitó el preservativo, la chica grito y el guardia sin mediar palabra lo tiroteó en el pié. No hubo más, los demás se comportaron”.

Sólo al final del mes, cuando se vayan, recibirán todo el dinero de las cuentas que llevan en la libreta, unos 10 euros por cada servicio. No es mucho pero para lo que se ofrece no está tan mal. “Es un sexo sencillo y rápido. Allí solo se folla, ni cunnilingus ni besos. Allí los machos nunca besan a una prostituta. Allí los hombres son sencillos, cobran y quieren diversión”.  Cuando un guerrillero se encapricha de una de ellas, le solicita dormir toda la noche, y las chicas se ponen contentas porque ganan más y follan menos.

A los pocos días ya se siente la rutina.  “Lo peor es la comida, un mismo rancho que comparten todos, cocinan lo que pueden, no hay carne, ni arroz, ni fruta. Me dice que a veces traen y cocinan serpientes, que como es carne todos se lanzan a disfrutarla y comerla. Es una pequeña fiesta”.

Transcurrido un mes el retorno se hace difícil pues el ejército está cerca.  “Se oye fuego cruzado, tiros, granadas, no hay paso para ellas y hay menos trabajo”. A las chicas les empiezan las dudas sobre la posibilidad de cobrar por su trabajo. Por fortuna para la amiguita, le ha gustado a un guerrillero “viejito, uno de los duros, un histórico, hombre culto, militar que dejó el ejército y se unió a las Farc”. Consigue que le paguen pero sigue preocupada pues teme que la capture el ejército colombiano y le encuentre los fajos de billetes. Su amigo le hace esconder el dinero dentro de sus botas altas.

Cuando la llegada del ejército al campamento se hace inminente el comandante se la lleva con sus guardaespaldas a su finca a uno tres días en carro desde el campamento. Llegan de noche a “una finca inmensa en medio de zonas de pastoreo de mucho ganado, cuadras con caballos, cerdos, cabras, gallinas, cultivos de frutales, yuca, maíz. Una casa con habitaciones de suelo de mármol, baños, jacuzzi… Tras un mes en la selva… no se lo cree! Pasan allí un mes los dos juntos. Disfrutan de la vida”.