martes, 14 de enero de 2014

Mona Lisa, el inmigrante y su prostituta



Un lunes de Agosto de 1911 la Gioconda desapareció de su lugar en el Louvre sin que nadie entendiera lo que había ocurrido. La vigilancia sobre las obras de arte era precaria y casi inexistente en verano. Además, Mona Lisa era menos valorada y conocida que hoy. Tanto que el Washington Post ilustró la noticia con un cuadro diferente al de Da Vinci.

Las primeras pistas sobre el robo fueron el marco del cuadro y el vidrio que lo protegía abandonados en una escalera de servicio. Una impresionante brigada policial se organizó para localizar la obra. La lista de posibles responsables del rapto fue variada. Se sospechó de los alemanes, de algún millonario norteamericano y hasta de un pasajero del Titanic. Se pensó en un coleccionista loco o en un admirador obsesionado. Pablo Picasso y Guillaume Apolinaire fueron interrogados. El pintor por haber utilizado para sus Señoritas de Avignon unos fragmentos de esculturas africanas robadas y el poeta, detenido por una semana, por haberle presentado al vendedor de esas piezas.

La pesquisa contó con la punta del conocimiento criminalístico. Alphonse Bertillon acababa  de poner al día la técnica de las huellas dactilares y pudo levantar las que quedaron en el vidrio protector. Las comparó sin éxito con las de todas las personas que tuvieron acceso al museo ese día. También convocó a los trabajadores de una empresa que realizaba trabajos de mantenimiento. El único que no atendió la citación fue Vincenzo Peruggia, un inmigrante italiano que dos años después confesaría el robo. El comisario de policía lo visitó en su pequeño apartamento, le hizo algunas preguntas, pero su perfil era tan distinto al autor imaginado por el público y las autoridades, que ni siquiera cotejó sus huellas dactilares y mucho menos sospechó que allí mismo estaba escondido el tesoro.

En Enero de 1913 Peruggia logró sacar a la Mona Lisa en un baúl de doble fondo para devolverla a su país. Desde París le había escrito a un galerista que contactó al llegar a Florencia. Le pidió una recompensa por su patriótico gesto y esperó en su hotel a que el eventual comprador, acompañado del director de los Uffizi, hiciera examinar la obra. En cuanto se confirmó su autenticidad la policía detuvo a Peruggia, que esperaba una medalla y no entendía la ingratitud de las autoridades.

Sobre las motivaciones del robo ha habido varias hipótesis. La familia y su abogado sostenían que actuó sólo con una mezcla de patriotismo y deseo de venganza por el maltrato que, como inmigrante, había recibido de los franceses. Una película alemana de 1931 habla del amor de Peruggia por Mathilde, una muchacha del servicio cuyo parecido con la Gioconda era tal que lo empujó a robarla para impresionarla. Al descubrir que le era infiel, el italiano había decidido devolver el cuadro a su país.

Por décadas sobrevivió la historia de un estafador argentino, Eduardo de Valfierno, como autor intelectual. Habría tentado a Peruggia con una jugosa recompensa y justificado el robo contándole que era parte del botín que Napoleón había sacado de Italia. Valfierno le habría dicho al italiano que mantuviera escondido el cuadro mientras él encontraba un comprador para en realidad ofrecerle y venderle a coleccionistas americanos copias realizadas por un pintor cómplice. Jérôme Coignard, experto francés en el robo, afirma no haber encontrado trazas creíbles del argentino pero comparte el escenario de un estafador como cerebro de la operación, en este caso el alemán Otto Rosemberg, activo mercader de arte en esa época. Art Lover, obra de teatro de Jules Tasca, retoma la influencia de Mathilde, una ex prostituta, para armar un triángulo amoroso con Vincenzo y la Gioconda.

Un documental reciente de Joe Medeiros, quien lleva treinta años obsesionado con la historia, corrobora el resentimiento con Francia y sus autoridades, reforzado con dos antecedentes judiciales: una falsa acusación por intento de robo y una condena por porte de armas y situación irregular como extranjero a raiz de un confuso incidente con Abeille Kauffman, una prostituta.

La experiencia laboral también es pertinente. Pintor de brocha gorda desde su adolescencia, cuando las pinturas se preparaban con plomo, Peruggia sufrió saturnismo severo. Hoy se sabe que la excesiva exposición al plomo puede afectar ciertas partes del cerebro, sobre todo el cortex prefrontal. El vínculo entre estas alteraciones y los comportamientos violentos o impulsivos está relativamente bien establecido. 

En los archivos del juicio hay cartas de Peruggia a su familia en las que menciona la fortuna que le llegará de un momento a otro. También hay pruebas de un viaje a Londres para visitar un mercader de arte. Otro indicio de su búsqueda infructuosa por colocar el cuadro es habérselo dejado por seis semanas a un compatriota y amigo de parranda de apellido Lancellotti.

Basado en el testimonio de Mathilde ante la policía, Madeiros la describe como una humilde joven alsaciana que Peruggia conoció por el trabajo, que fue su amante y futura esposa hasta que ella lo abandonó al descubrirle cartas de otras mujeres. Un periódico de la época tiene otra historia. Mathilde estaba en un parque con Giulio Bonario, un vividor italiano, y se encontraron con Peruggia.  Cenaron y fueron a un salón de baile en dónde, tras una discusión, Bonario le dio una puñalada a la joven. Peruggia la levantó para llevarla, no a un hospital, sino a donde una italiana del barrio que la atendió por tres semanas hasta que se recuperó. “La mujer herida se convirtió en su amante preferida. Él la mostraba orgullosamente a sus amigos” concluye el Petit Parisien. Un biógrafo de Peruggia anota que con Lancellotti “frecuentaban las mismas mujeres”, claro eufemismo para indicar que, como músicos de sitios nocturnos, andaban con prostitutas. 

El affaire con Mathilde exige un escenario más verosímil que el de Madeiros cuyo punto más débil es la joven provinciana que de buenas a primeras se convierte en amante asidua de un pobre inmigrante al que, además, abandona por tener demasiadas mujeres. La miseria sexual era crítica en una época en que la virginidad, crucial en provincia, estaba reforzada con la regla informal de no relacionarse afectivamente con gente de fuera de la región. La única vía para romper los estrictos protocolos matrimoniales era la prostitución, realmente el único milieu en dónde, de las cocottes para abajo, había liberación sexual. 

Es más convincente la propuesta teatral de Tasca de la prostituta rescatada por el inmigrante. El triángulo amoroso entre Vincenzo, Mathilde y la Gioconda hubiera dado en el clavo sobre la esencia de la fallida relación entre el inmigrante y su amante, si el dramaturgo no lo hibiera contaminado con sus lecturas contemporáneas sobre el dilema de la madona y la puta. Son por lo tanto indispensables un par de conjeturas. Para Mathilde, la puñalada de Bonario habría sido la gota que rebosó la copa sobre los riesgos del oficio y el gesto de Peruggia al encargarse de curarla un primer paso cautivador. Tras la convalecencia, el inmigrante habría tenido que seducirla a crédito, asegurándole –como hizo con sus padres- que pronto iba a coronar. Es imposible creer que, como le dijo a las autoridades, Mathilde no sabía nada del tesoro guardado. Era lo único que tenía Vincenzo para retenerla. Es diciente por el contrario, en la misma declaración, la alusión al baúl que escondía la obra y la advertencia a su prometido que cuando se casaran ella no iba a aceptar algo tan aparatoso en su hogar. En otros términos, “la Gioconda o yo”. La realidad de esa madona tan valiosa pero ilíquida le habría dado el golpe de gracia al romance y habría precipitado la decisión de retornar a sus lugares de origen.