Un lunes de Agosto de 1911 la Gioconda
desapareció de su lugar en el Louvre sin que nadie entendiera lo que había
ocurrido. La vigilancia sobre las obras de arte era precaria y casi inexistente
en verano. Además, Mona Lisa era menos valorada y conocida que hoy. Tanto que
el Washington Post ilustró la noticia
con un cuadro diferente al de Da Vinci.
Las primeras pistas sobre el robo fueron el
marco del cuadro y el vidrio que lo protegía abandonados en una escalera de
servicio. Una impresionante brigada policial se organizó para localizar la
obra. La lista de posibles responsables del rapto fue variada. Se sospechó de
los alemanes, de algún millonario norteamericano y hasta de un pasajero del
Titanic. Se pensó en un coleccionista loco o en un admirador obsesionado. Pablo
Picasso y Guillaume Apolinaire fueron interrogados. El pintor por haber
utilizado para sus Señoritas de Avignon
unos fragmentos de esculturas africanas robadas y el poeta, detenido por una
semana, por haberle presentado al vendedor de esas piezas.
La pesquisa contó con la punta del
conocimiento criminalístico. Alphonse Bertillon acababa de poner al día la técnica de las
huellas dactilares y pudo levantar las que quedaron en el vidrio protector. Las
comparó sin éxito con las de todas las personas que tuvieron acceso al museo
ese día. También convocó a los trabajadores de una empresa que realizaba
trabajos de mantenimiento. El único que no atendió la citación fue Vincenzo
Peruggia, un inmigrante italiano que dos años después confesaría el robo. El
comisario de policía lo visitó en su pequeño apartamento, le hizo algunas
preguntas, pero su perfil era tan distinto al autor imaginado por el público y
las autoridades, que ni siquiera cotejó sus huellas dactilares y mucho menos
sospechó que allí mismo estaba escondido el tesoro.
En Enero de 1913 Peruggia logró sacar a la
Mona Lisa en un baúl de doble fondo para devolverla a su país. Desde París le
había escrito a un galerista que contactó al llegar a Florencia. Le pidió una
recompensa por su patriótico gesto y esperó en su hotel a que el eventual
comprador, acompañado del director de los Uffizi,
hiciera examinar la obra. En cuanto se confirmó su autenticidad la policía
detuvo a Peruggia, que esperaba una medalla y no entendía la ingratitud de las
autoridades.
Sobre las motivaciones del robo ha habido
varias hipótesis. La familia y su abogado sostenían que actuó sólo con una
mezcla de patriotismo y deseo de venganza por el maltrato que, como inmigrante,
había recibido de los franceses. Una película alemana de 1931 habla del amor de
Peruggia por Mathilde, una muchacha del servicio cuyo parecido con la Gioconda
era tal que lo empujó a robarla para impresionarla. Al descubrir que le era
infiel, el italiano había decidido devolver el cuadro a su país.
Por décadas sobrevivió la historia de un
estafador argentino, Eduardo de Valfierno, como autor intelectual. Habría
tentado a Peruggia con una jugosa recompensa y justificado el robo contándole
que era parte del botín que Napoleón había sacado de Italia. Valfierno le
habría dicho al italiano que mantuviera escondido el cuadro mientras él
encontraba un comprador para en realidad ofrecerle y venderle a coleccionistas
americanos copias realizadas por un pintor cómplice. Jérôme Coignard, experto
francés en el robo, afirma no haber encontrado trazas creíbles del argentino
pero comparte el escenario de un estafador como cerebro de la operación, en
este caso el alemán Otto Rosemberg, activo mercader de arte en esa época. Art Lover, obra de teatro de Jules
Tasca, retoma la influencia de Mathilde, una ex prostituta, para armar un
triángulo amoroso con Vincenzo y la Gioconda.
Un documental reciente de Joe Medeiros,
quien lleva treinta años obsesionado con la historia, corrobora el
resentimiento con Francia y sus autoridades, reforzado con dos antecedentes
judiciales: una falsa acusación por intento de robo y una condena por porte de
armas y situación irregular como extranjero a raiz de un confuso incidente con
Abeille Kauffman, una prostituta.
La experiencia laboral también es
pertinente. Pintor de brocha gorda desde su adolescencia, cuando las pinturas
se preparaban con plomo, Peruggia sufrió saturnismo severo. Hoy se sabe que la
excesiva exposición al plomo puede afectar ciertas partes del cerebro, sobre
todo el cortex prefrontal. El vínculo entre estas alteraciones y los
comportamientos violentos o impulsivos está relativamente bien
establecido.
En los archivos del juicio hay cartas de
Peruggia a su familia en las que menciona la fortuna que le llegará de un
momento a otro. También hay pruebas de un viaje a Londres para visitar un
mercader de arte. Otro indicio de su búsqueda infructuosa por colocar el cuadro
es habérselo dejado por seis semanas a un compatriota y amigo de parranda de
apellido Lancellotti.
Basado en el testimonio de Mathilde ante la
policía, Madeiros la describe como una humilde joven alsaciana que Peruggia
conoció por el trabajo, que fue su amante y futura esposa hasta que ella lo
abandonó al descubrirle cartas de otras mujeres. Un periódico de la época tiene
otra historia. Mathilde estaba en un parque con Giulio Bonario, un vividor
italiano, y se encontraron con Peruggia.
Cenaron y fueron a un salón de baile en dónde, tras una discusión,
Bonario le dio una puñalada a la joven. Peruggia la levantó para llevarla, no a
un hospital, sino a donde una italiana del barrio que la atendió por tres
semanas hasta que se recuperó. “La mujer herida se convirtió en su amante
preferida. Él la mostraba orgullosamente a sus amigos” concluye el Petit Parisien. Un biógrafo de Peruggia
anota que con Lancellotti “frecuentaban las mismas mujeres”, claro eufemismo
para indicar que, como músicos de sitios nocturnos, andaban con
prostitutas.
El affaire
con Mathilde exige un escenario más verosímil que el de Madeiros cuyo punto más
débil es la joven provinciana que de buenas a primeras se convierte en amante
asidua de un pobre inmigrante al que, además, abandona por tener demasiadas
mujeres. La miseria sexual era crítica en una época en que la virginidad,
crucial en provincia, estaba reforzada con la regla informal de no relacionarse
afectivamente con gente de fuera de la región. La única vía para romper los
estrictos protocolos matrimoniales era la prostitución, realmente el único milieu en dónde, de las cocottes para abajo, había liberación
sexual.