jueves, 16 de enero de 2014

Vigilando y protegiendo prostitutas



Desde la década de los ochenta, Belleville es el barrio parisino que concentra la mayor comunidad china. Inicialmente, estos inmigrantes provenían del sur de su país, en donde eran considerados campesinos y atrasados por la gente del norte, una región  más industrializada. En Paris lograron una buena situación económica.

Liaoning, al noreste de la China, fue por décadas una de las regiones más prósperas gracias a una industria que empleaba bastante mano de obra femenina. Desde hace varios años empezaron a cerrarse empresas y las mujeres fueron las primeras en perder sus empleos. 

Obligadas a ocuparse de sus hijos y familiares de avanzada edad, muchas piensan que en el extranjero hay mejores oportunidades, se endeudan con familiares o amigos, le pagan a una agencia el trámite de una visa y emigran. En las redes informales Francia tiene reputación de buen país receptor, con amplias oportunidades laborales, especialmente haciendo aseo, cuidando niños o en los talleres de confección. Sólo al llegar a Paris caen en cuenta de que se trata de un mito. En ese momento les recomiendan pedir asilo porque, sin un empleo, no les será fácil obtener el permiso de trabajo. 

Lo único que consiguen es cuidar niños, ser nounous. Las condiciones de trabajo son variables, la rotación es alta, dependen de la suerte para encontrar buenos patrones pero, tratándose de un mercado negro, las posibilidades de sobre explotación son altas. Las discrepancias de clase y la discriminación de su país se replican en la capital francesa pero invertidas y la acogida que tienen estas mujeres en la comunidad china establecida es precaria. Sin papeles, con escaso dominio del idioma, la mayoría cuarentonas o más, sin posibilidades de empleo, pocos contactos útiles y, más que endeudadas, con la obligación de mandar dinero a sus familias y volver con ahorros, no tienen muchas opciones distintas a la de prostituirse. Son las redes de mujeres, todas de la misma región, las que les señalan esa posibilidad. 

Su entrada al sexo venal es sin proxenetas y pueden mandar buena parte de los ingresos a sus familias. El costo que asumen es una mayor inseguridad física en el oficio y, con pocas nociones de salud sexual, alto riesgo de enfermedades. Según la ONG “Médicos del Mundo” que se ha especializado en atenderlas en el Lotus Bus, uno de los principales riesgos que enfrentan estas mujeres, textualmente venidas a menos, es con la policía parisina. Desde que en el año 2003 la ley francesa prohibió el racolage (ofrecerse por dinero en la calle) aún pasivo la presión y el acoso sobre la prostitución callejera es permanente. La policía las detiene y requisa incluso cuando no están trabajando. Lo más deplorable es que tener preservativos en la cartera se convirtió en un indicio de infracción a la ley y por lo tanto en algo poco recomendable. Ese incentivo perverso sumado a la inexperiencia de estas señoras para el sexo con extraños aumenta su riesgo. El temor a ser acusadas de racolage hace que esperen a sus clientes en los lugares más oscuros y desprotegidos y que se suban a los vehículos sin ser selectivas, lo que aumenta su vulnerabilidad. El círculo vicioso se cierra porque, sin papeles, rara vez se atreven a denunciar los ataques que sufren. Deben protegerse entre ellas. “Si un hombre en particular ha causado problemas, tratamos de advertirles a las demás … Si una de entre nosotras se ausenta por mucho tiempo, tratamos de contactarla”. 

Los abusos de una policía bien educada, entrenada y supervisada como la francesa no se iniciaron con la ley que de hecho prohibió la prostitución callejera hace una década. Así lo sugiere el testimonio de Clara, una tradicional con unos cincuenta años por la época en que lo único ilegal era el proxenestismo. Un fin de semana cualquiera se paseaba con su hijo mayor y se cruzó con un agente que con frecuencia la veía haciendo el trottoir. Una semana más tarde el mismo policía la interpeló, esta vez en su lugar de trabajo. 
- Entonces, estamos estrenando julot (rufián) 
- No, es mi hijo, y es estudiante
- Le pagas los estudios con dinero sucio, puedo hacerlo caer por proxenetismo 

No es un caso aislado. Una queja común de las prostitutas francesas es que no pueden tener novios o amantes permanentes que vivan con ellas por temor a que la policía las acuse de mantenerlos y los persiga penalmente. Por la misma razón, como le sucedió a Clara, les parece problemático cuando sus hijos alcanzan la mayoría de edad. 

La posibilidad de abuso policial sobre las prostitutas es directamente proporcional a la ilegalidad del oficio, que también determina el acceso a las instancias que las podrían proteger. En la China, donde está prohibida la prostitución, un infractora cuenta que “entrábamos al hotel por la puerta trasera  y también salíamos por la puerta trasera … Es muy peligroso cuando llega la policía. Algunas veces cuando estábamos con clientes arriba, oíamos las sirenas de los carros de policía y quedábamos tan asustadas que algunas saltaban desde las ventanas o corrían por los tejados. Si nos arrestaban, nos abusaban. Si el empleador pagaba por sacarnos, teníamos que trabajar más para pagar la deuda”. 

La irrupción de la mafia en el mercado del sexo cuando la ley lo ignora no es un problema de sociedades subdesarrolladas. Hasta 1956 el comercio sexual fue legal en Japón y ya había buenas relaciones entre los dueños de los burdeles y la policía. Eran comunes las atenciones gratuitas a oficiales claves. Desde que se aprobó la Ley de Prevención de la Prostitución que la circunscribió a un “coito que se paga” surgió una amplia gama de servicios paralelos que no entran en la definición: masajes, jaboneras, centros de moda y salud, y hasta burdeles con licencia para vender comida y bebida. Por eso se dice que la ley es kahogo (jaula de bambú), que está llena de huecos. La yakuza, poderosa mafia japonesa, se apoderó de dos segmentos claves del negocio. La prostitución callejera y los clubes de citas, un intermediario telefónico que pone en contacto al cliente con la mujer e indica el hotel donde se pueden encontrar. En los clubes, la tarea de los mafiosos es manejar a los usuarios mala paga y disciplinar a las mujeres desobedientes. En la calle, a estas dos labores se suma la regularización de inmigrantes ilegales o el reclutamiento por parte de sus asociados extranjeros. 

También en los EEUU hay evidencia de incidentes policiales picantes. “En más de una ocasión, vice officers de Lynwood, Washington, hicieron que las prostitutas los masturbaran antes de arrestarlas”. En el 2001, agentes de policía de Pensilvania, “recibieron sexo oral de una masajista antes de clausurar su establecimiento”. Argumentaron que ese lip service era necesario para recoger evidencia que permitiera su arresto. “Por lo menos durante una década, vice cops en Louisville, Kentucky, tuvieron  relaciones sexuales con mujeres en las salas de masajes antes de arrestarlas”. El comandante se justificó diciendo que las mujeres se habían vuelto tan astutas para detectar agentes encubiertos que iniciaban las relaciones para ver si retrocedían. En un condado de Virginia, para disminuír los daños colaterales, se decidió que sólo los oficiales solteros debían participar en las redadas a los salones de masajes. 

La atracción de la policía por la prostitución no es sólo carnal, la inteligencia también ha jugado un papel. Desde su creación a finales del siglo XVIII la police des moeurs francesa ha sido imitada no tanto por su capacidad para controlar la prostitución sino para utilizarla como fuente de información. Quien sabe cual podría ser actualmente el interés de los servicios de inteligencia franceses en unas señoras chinas obsesionadas por volver a su tierra cuanto antes y cuyos clientes deben ser en su mayoría inmigrantes ilegales sin mayor idea de dónde ponen las garzas.