jueves, 4 de febrero de 2021

Feminivirus, divorcio otoñal y castrochavismo

Ricardo, casi setentón, se separó de Juana. Los problemas comenzaron al nacer Laura, su hija menor, a quien Elena, la suegra, percibió como una afrenta. 

Trabajadora incansable cuando, sin estudios superiores, las mujeres no avanzaban profesionalmente, buscó para sus dos hijas un diploma que garantizara contactos, como derecho en la Universidad Javeriana. Mafe, cuya vocación era cualquier cosa menos ser abogada, siguió los designios maternos. Juana prefirió administración, pero la progenitora le vetó otras universidades. Cuando fueron madres, ambas  decidieron anteponer la crianza al trabajo. Al respaldarlas, Ricardo y Jorge, su acaudalado concuñado, mutaron a machistas saboteadores de brillantes carreras femeninas.  

En los noventa, Juana y Ricardo -simples concubinos por un primer matrimonio católico de él- emigraron a España huyendo del secuestro. Ella quería especializarse en finanzas. Él la entusiasmó para que se reciclara, cambiaran de vida y se dedicaran a conocer Europa en familia. Se casaron en Madrid para que Juana y los hijos, ya crecidos, tuvieran nacionalidad española.

Hoy Ricardo piensa que al salirse del mercado laboral Juana se ablandó y perdió el polo a tierra. Estudió arte, se dedicó a eso y administró unas propiedades reformadas por Ricardo. Solo en dos de los muchos años expatriados se empleó formalmente en el idílico entorno de un viñedo. Renunció para no aceptar ningún otro trabajo pero sí el seguro de desempleo. Su vida no fue dura, ni aburrida, pero siempre se quejó.  

Mucho antes de Laura, la suegra advirtió: “¡no pensarán tener más hijos!”. Agrandar la familia no estaba previsto pero en un volantín contraceptivo Juana quedó embarazada. Aunque abortar era factible, se embarcaron en la crianza de ese premio inesperado. Jamás imaginaron que la suegra se opondría tan fanáticamente. A mitad del embarazo Ricardo sospechó que Elena, empleada de aerolínea que los visitaba varias veces al año, no estaría para el parto. La llamó día de por medio varios meses para convencerla de que viajara. La abuela nunca apareció: evitó el nacimiento de Laura y también explicar su infame decisión.

Secuela lógica del desplante fue una depresión postparto aguda de Juana. La suegra asimiló ese embarazo a una maniobra para encerrar a su hijita en el hogar. Después, en Bogotá, confirmaría su delirio: “¡la tienen de sirvienta!” le espetó a Ricardo frente a su hijo preadolescente. Jamás se disculpó. Divorciada, intentó volver a viajar con sus hijas como si también lo fueran: sin marido. 

Juana cortó con Elena por varios años. Al reconciliarse botó el puesto de los vinos, se intensificaron las peleas maritales y se agravó la situación económica cuando él ya tenía poco trabajo. Siguieron varios reveses financieros. El confiamiento los exacerbó y tras una discusión por alguna tontería, Juana decidió divorciarse inmediatamente. Nunca manejó el estrés económico y el antecedente de depresíón postparto pudo agravarle la factura del Covid. Tardíamente se obsesionó por formalizar la desprendida informalidad con la que Ricardo aportó todo su patrimonio anterior y su esfuerzo a la difusa sociedad conyugal. Además, la contagió una tara socialista: que “alguien” la mantenga sin trabajar.

La separación se hizo con dos estilos. Ricardo les anunció a los hijos que empezaba a buscar pareja y comenta sus cuitas a diestra y siniestra. Juana no da explicaciones. Aupada desde Bogotá, prefirió la opacidad. Se asesoró de un familiar español que aportó enredos de tinterillo colonial. Alrededor de su madre montó un escenario como de Almodóvar: teledivorcio negociado entre Jorge y Ricardo. Remató con una abogada que mintió ante la justicia para desplumar al ex.  Nadie ha contrarrestado tan nefasta influencia y el litigio sigue vivo con componentes de hara-kiri. 

“Estragos del feminivirus”, anota Ricardo. Sospecha que la matrona decidió que Juana volviera al redil para cuidarle la vejez y no repetir el calvario de Mafe acompañando al papá con una terrible enfermedad degenerativa. Tal conjetura tiene sentido: Juana mandó al diablo no sólo trabajo, familia, casa de ensueño, turismo rural, sino elementos esenciales de su plácida vida, como el taller de artista o el jardín con proyecto de huerta. Los torpedos provienen de Elena a través de Mafe, remata mi amigo, “destruye lo que se le atraviese: así hizo con la carrera del esposo, eternamente enamorado”.

De todas maneras, nada logró sabotear el sueño de Ricardo emigrante. Su prole tomó el relevo: echaron raíces y aspiran a hacer grandes cosas en el increíble terruño que colonizaron siendo sudacas. 

Tras la separación, el damnificado logró reinventarse, incluso lo disfruta. Juana peló tanto el cobre que logró extirparle hasta la nostalgia. Nadie pretende educarlo, está lleno de proyectos sin cantaleta conyugal y zafó de una familia política bien enredada. Sale con mujeres maduras, activas, que sin quejarse disfrutan la vida y lo aprecian como es. “El castrochavismo me abrió una estupenda caja de Pandora”. Prometió aclararme esa insólita coletilla.. 


La importancia crucial del matrimonio

Fuera de trivializar la infidelidad, otro monumental descache del feminismo fue desvalorizar el matrimonio. Ambos desatinos perjudicaron fundamentalmente a las mujeres, y a sus hijos. 

Una amiga francesa cincuentona lleva viviendo más de tres décadas con el mismo hombre, compañero de universidad. Con hija mayor de edad, copropietarios de una casa, ella aún lo presenta como “mi compañero”. Hace parte de la generación mayo del 68 liberada de los rituales impuestos por la Iglesia y heteropatriarcado para las relaciones de pareja. 


En algún momento fuimos cercanos y supe que ninguno de los dos le ha  sido infiel al otro. Con la amplia aceptación que  tiene el movimiento del “mariage pour tous”, léase la formalización legal de la vida de pareja homosexual, insólitamente respaldado por el mismo feminismo que criticaba unos años atrás el matrimonio, ya no saben qué decir para justificar por qué no están casados. 


Una amiga caraqueña tiene una hija que cohabita con un catalán hace varios años. Cuando se ven los fines de semana, la cuasi suegra que quiere ser abuela tiene una costumbre: se acerca al parejo de hecho y le murmura al oído, “oye vale, ¿cuándo es que se van a casar?”


El caso de otra sudaca es igualmente revelador. Es lesbiana y vive con su pareja hace más de veinte años. Su familia siempre las aceptó sin aspavientos. Una de sus hermanas llevaba conviviendo con el mismo compañero casi diez años cuando anunció su embarazo. La liberada suegra le aclaró al futuro padre que “para tener un hijo sí sería mejor que hubiera algún papelito de respaldo”. 


María mi hija mayor, como sus hermanos, no está bautizada. Alguna vez les expliqué que la razón para no embarcarlos en una religión había sido la inercia que conduciría, incluso sin ser practicantes, a que al casarse lo hicieran por la Iglesia, con complicaciones posteriores para separarse. Yo las sufrí después de mi primer matrimonio católico: en ese tiempo en Colombia no existía la posibilidad de divorcio civil para ese vínculo. 


María lleva cohabitando con su novio varios años. Cuando contaron que vivirían juntos les pedí que aceptaran una “fiesta de concubinato” para celebrar la unión. Creyeron que me burlaba y se negaron. Hace un tiempo anunciaron que se casarían. Mi sorpresa fue mayúscula cuando anotaron que lo harían por el rito de la religión Ortodoxa, la que practica la familia de él, de origen armenio. 


Daniel, mi segundo hijo, conoció a su novia en Chile cuando hacía una pasantía. Se fue a Medellín a hacer su tesis y ella lo siguió. Las discusiones que los apartaron tuvieron que ver con que él aún no quería casarse. Ella se devolvió a su casa y poco después él viajó a Santiago a reconquistarla. Logró convencerla de que se vinieran juntos a Barcelona. Allí, cuando los oí hablar de cómo harían para la visa de ella, con lógica sudaca les propuse, “¿para qué tanta maroma en lugar de casarse?”. Mi lógica era que, sin hijos, el matrimonio era un trámite reversible que le daba a ella la no despreciable ventaja de trabajar legalmente. Él no logró tomar a la ligera la milenaria institución y lo invadieron las dudas. A ella esa indecisión la sacó de quicio y un tiempo después, cuando habían anunciado un embarazo, decidió volver a Chile. Allá nació mi nieto, lejos de Daniel. La caraqueña con cuasi yerno me dijo sin titubeos al conocer la historia: “Me solidarizo con ella, vale. ¿quién no abandona a un hombre que tiene esas dudas cuando va a tener un hijo?”  


El reverso de la medalla de la desvalorización del matrimonio fue la irresponsable facilidad con la que parejas con hijos menores se pueden divorciar ahora. Varias militancias, supuestamente progresistas y fanáticamente anticlericales –el dogma es oponerse por principio a cualquier cosa que recomiende la Iglesia Católica- llevaron a la absurda situación en la que cualquier cónyuge que se levante un día de malas pulgas y quiera mandar al diablo a su pareja, su familia, y el bienestar de sus hijos menores pueda hacerlo sin que nadie se atreva a cuestionar su decisión, ni siquiera preguntarle por qué quiere hacerlo. 


Las hordas de menores de edad que ahora no tienen un hogar sino dos, que alternan semanalmente gracias al sacrosanto arreglo de la custodia compartida, no han recibido la debida atención pero es razonable sospechar que esa será una generación afectada por esa arreglo estrambótico cándidamente defendido con el término fofo de “familias recompuestas” que de familia sólo tienen el nombre abusivamente utilizado. Por la amorosa relación que las rodea, a la parentela habría que agregar las mascotas y muy pronto los robots o las pantallas que están en el centro de las veladas familiares.   

jueves, 25 de diciembre de 2014

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jueves, 18 de diciembre de 2014

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sábado, 18 de octubre de 2014

Compatriotas, bienvenidos al pazado

Chung Ju Yung nació en una familia campesina coreana durante la ocupación japonesa. Muy joven emigró a la ciudad para trabajar en construcción pero su padre lo obligó a volver al terruño.

Aguantó unos meses, se fue para Seúl, y su padre volvió a llevárselo. Se escapó de nuevo y trabajó en una tienda que quebró. Montó entonces un taller de mecánica y al finalizar la guerra, se dedicó a  rehabilitar los vehículos abandonados por las tropas norteamericanas. En 1946 había rebautizado su negocio con el término coreano para “moderno”: Hyundai, que es en la actualidad el cuarto fabricante mundial de vehículos.

De niño, Gumercindo Gómez anduvo descalzo en Boyacá. Viajó a Bogotá con 16 años. Trabajó en fundición, granito y carpintería hasta emplearse como ayudante de tapicería. Un antiguo jefe le dijo que aprendiera de colchones. Con el primero ganó el doble de lo invertido. Poco después, en un viaje por el Caribe, en todos los hoteles rompió los colchones para mirar cómo estaban hechos. Al regreso, puso en práctica su aprendizaje. Su empresa fue creciendo hasta llegar a Colchones El Dorado. Por la época del joven Yung, mi papá abandonaba su pueblo cundinamarqués para trabajar en Bogotá y pagarse los estudios de bachilleraro en la Escuela de Comercio y de ingeniería en la Nacional.

Estas historias ilustran la lógica de la emigración rural y una verdad de a puño: para salir de pobre conviene irse de las regiones atrasadas. Hace décadas los expertos agropecuarios insisten que para los campesinos es mejor esperar a que cambie su mundo que subirse en una flota hacia la ciudad. En los años setenta, el programa de Desarrollo Rural Integrado (DRI) buscaba transformar el campo para controlar la migración masiva a las ciudades y evitar la violencia. La Reforma Rural Integral (RRI) acordada en La Habana -un DRI con constitucionalismo- también sentencia que para la paz se debe transformar el campo, el más apartado, a cualquier costo. Esa romántica visión la desafían la experiencia de los reinsertados que no vuelven a su tierra, las estadísticas de migraciones internas, sobre todo de mujeres que salen de allá de manera creciente y hasta la etnografía de una región africana beneficiaria de un proyecto de desarrollo agrícola del Banco Mundial: ninguno de los jóvenes tenía interés en dedicarse a la agricultura, todos preferían emigrar para emplearse.

Alfredo Molano, a tono con los acuerdos, anota que “a los exguerrilleros el Estado debe garantizarles empleo y seguridad. La mayoría son campesinos que podrían volver a trabajar el campo, pero no como empleados de los palmicultores o de los cañeros sino como propietarios libres en las Zonas de Reserva Campesina. Es allí donde pueden acceder a una vida digna, integrarse a la economía y conservar sin armas su fuerza política”. Utilizar sólo el ojo izquierdo lleva a visiones demasiado bucólicas, por no decir reaccionarias, del desarrollo, además de sesgadas y estigmatizadoras de las empresas agropecuarias, siempre sospechosas de los vicios de la compañía bananera en Macondo.

La caricatura de la agroindustria que reprime protestas con ejército o financia paramilitares es burda, caduca. José Antonio Ocampo, director de la Misión Rural, pone como ejemplos de emprendimiento agropecuario, “con calidad, comercio justo y desarrollo sostenible” dos empresas jóvenes. Factoría Quinoa, fundada por Felipe Avella e Inés Patiño, vinculados a la Universidad de los Andes, que busca “desarrollar comercio sostenible en nutrición” y Pacífico Snacks de Juliana Botero, emprendedora caleña con posgrado en economía, que “conquistó el mercado de platanitos en Holanda”. Estas iniciativas que surgieron modestamente, sin apoyo estatal y sin necesidad de ambiciosas reformas rurales, ilustran el papel crucial de la educación superior en el desarrollo, personal y del sector agropecuario. En la exhaustiva lista de cosas por hacer de la RRI, la capacitación universitaria es un item marginal, siempre atado al agro. El rústico sueño, que costará billones, es que el campesino cultive su tierra, asista al cabildo abierto y ponga tutelas.

De La Habana está llegando no sólo la apología del subdesarrollo sino el reencauche del planificador estatal, ese experto con convicciones sólidas e idealistas sobre lo que le conviene a la gente, que asigna arbitrariamente recursos, facilitando autoritarismo y corrupción. Y cuyo paternalismo, como el que sufrió Yung, bloquea la toma de riesgos, la iniciativa  individual y las posibilidades de desarrollo democrático.

viernes, 17 de octubre de 2014

Los gays se suicidan más que las lesbianas


REFERENCIAS

Haas, Ann y otros (2010). “Suicide and Suicide Risk in Lesbian, Gay, Bisexual, and Transgender Populations: Review and Recommendations”. Journal of Homosexuality

Volume 58, Issue 1. Versión digital


King, Michael et.al (2008). “A systematic review of mental disorder, suicide, and deliberate self harm in lesbian, gay and bisexual people”. BMC Psychiatry 2008, 8:70. Versión digital

lunes, 13 de octubre de 2014

Esa paz lejana, ajena

En una encuesta realizada hace unos meses con alumnos del Externado les preguntamos a 300 empresas bogotanas acerca de sus expectativas sobre lo que cambiará si se firma la paz.

Fue mayor la euforia con lo lejano, aquello sobre lo que no tienen información directa, ni pueden alterar, que con lo que conocen de cerca y hace parte de sus decisiones cotidianas. Hubo mayor acuerdo en pronosticar que aumentará la inversión extranjera y habrá más oportunidades para los grandes conglomerados que en prever nuevos negocios o mayores ventas para las propias empresas. “Si se firma la paz en el país las grandes multinacionales y los tratados de libre inversión generarán más demanda” afirmó el representante de una firma de vigilancia.  Mientras que para esas vagas y lejanas oportunidades por cada pesimista –el que opina que no pasará nada- hay siete optimistas –quien cree que pasará mucho- para las perspectivas cercanas y concretas la relación se reduce a dos. La percepción es que la paz beneficiará básicamente a otros, a las multinacionales, a los cacaos, a los que dependen del campo, o de la minería.  En la ciudad no cambiará gran cosa. “Esta empresa funciona con guerra o sin ella” concluye el ejecutivo de una compañía de servicios.

Las empresas vinculadas con ciertos sectores específicos sí se muestran entusiasmadas con las consecuencias directas, concretas, de la paz sobre su negocio. Un fabricante de mangueras para las petroleras fue contundente. “Claro que sí. La razón está en los mayores niveles de inversión. En Colombia sólo se ha explotado menos del 25% de los recursos mineros y petroleros. Los inversionistas extranjeros no llegan por la volatilidad que existe en materia de seguridad”. Una firma consultora especializada en “actores pertenecientes al sector del desarrollo” también se mostró entusiasta. “Los recursos que van a llegar a Colombia por posconflicto son inimaginables, van a ser muy altos y nosotros somos un ente listo y preparado para que ese dinero llegue a quien debe llegar”. Fuera de la industria petrolera que todavía sufre atentados, el boom de la paz parece evidente en el sector de ONGs, expertos internacionales, centros de estudio, consultores y burócratas que no darán abasto planeando, diseñando proyectos y asignando recursos de inversión para el revolcón del campo.

Una parte de los entrevistados esperan que algo de la bonanza de los otros les llegue. “Si se firma la paz mejora todo para cualquier economía, nosotros por ejemplo podríamos expandirnos a otros lugares … Nos verían como un país de inversión, por lo tanto se ampliaría nuestro plan de acción, se crearían nuevas empresas que van a adquirir (nuestros) servicios”. La percepción sobre planes autónomos es más tímida: “de pronto podríamos incursionar en otras ciudades”.

La impresión de que el dividendo de las negociaciones será positivo está relacionada con el contacto directo que los empresarios han tenido con la guerra. Paradójicamente, el menor porcentaje de optimistas con la paz se da precisamente entre quienes reportan haber hecho negocios en zonas de conflicto. “Yo siento que no habría ninguna diferencia si se firma o no la paz porque (nuestras) condiciones en este momento no están relacionadas directamente con el conflicto armado, o los grupos paramilitares o la guerrilla. Creo que no nos daría ningún beneficio” anota el vocero de una firma que opera en regiones afectadas. Es como si pensara que su radio de acción ya está pacificado, algo que coincide con el hecho que en los últimos años ha habido un claro repliegue del accionar de la guerrilla hacia las fronteras.


No es fácil compaginar los acuerdos sobre reforma del campo con la predicción de que al firmarse la paz la economía crecerá a tasas vertiginosas. Esa futura y romántica locomotora rural es más imaginaria que real. Constituye uno de los mayores logros publicitarios del actual proceso de paz y ayuda a explicar tanto el desgano con las negociaciones como la discrepancia entre lo que piensan las firmas bogotanas que va a ocurrir por allá en el sector rural, cada vez más lejos, y lo que saben, mejor informadas, sobre sus propias perspectivas reales. Parecería que para muchos el posconflicto hace rato llegó, un mensaje que surge por distintos lados, no sólo entre los empresarios urbanos. Es una herejía que molesta por igual a los expertos pazólogos, a los mamertos y a la extrema derecha, pero que desmitifica lo que tan lentamente se cocina en La Habana.






Reforma rural desde la Habana vieja

La Habana es un museo al aire libre, con edificios históricos que conservaron sus estructuras originales. Por sus calles transitan carros Buick, Cadillac, Chevrolet y Dodge tan viejos como el conflicto armado colombiano.

Norman Foster quedó fascinado con el ambiente y quiso documentarlo en el libro “Havana autos & architecture”. Evoca un “torbellino de decadencia detenida en el tiempo que sólo puede encontrarse en la isla”. Un fotógrafo suizo también quedó enamorado: “Los edificios son los mismos, y las calles no han cambiado mucho. En cierto sentido la ciudad está detenida”.

En un entorno tan retro, tan “vintage”, los comandantes farianos no sólo se amañaron sino que reciclan viejas ideas para cambiar el país actual. La Reforma Rural Integral (RRI), borrador de acuerdo recién divulgado, es básicamente un inventario exhaustivo e idealista de todo lo que le falta al campo colombiano para igualar el nivel de vida urbano. Según los comandantes, ese es el requisito para la paz en Colombia. Poco ha cambiado desde los años setenta, cuando el plan de desarrollo “Para Cerrar la Brecha” -expresión retomada en el RRI- buscaba “la provisión de infraestructura, crédito, asistencia técnica y servicios sociales” para reducir los conflictos rurales.

Yo pensaba que los negociadores del gobierno eran conscientes del despiste temporal de los rebeldes y les llevarían la corriente. Pero el ambiente retro también los está embriagando y empiezan a tomarse en serio el cuento que van a despertar a una Colombia aletargada, vacunándola contra la violencia con la misma fallida receta de hace décadas. Ante un auditorio bogotano, con escasa modestia, Sergio Jaramillo anotó que los acuerdos llevarán a “la mayor transformación imaginable en la historia de Colombia”. Fue locuaz en deseos y planes pero esquivo con las inquietudes gruesas. Suponiendo que la RRI termina el conflcto fariano, no explicó la mecánica del impacto sobre las demás violencias, pero dio por descontado que también se reducirán. Ignoró las dificultades de ejecución de ambiciosas obras rurales en un país cuya capital aún no sabe meter en cintura a los contratistas. En medio de los frustrantes debates parlamentarios para reformar la política y la rama judicial, no dijo cual será el truco mágico para que las instituciones disfuncionales y corrompidas dejen de serlo en zonas alejadas afectadas por la guerra. Sin precisar cómo, señaló que en la nueva Colombia se implantará el “no matarás”, pero no habló del mensaje evidente del actual proceso para las nuevas generaciones de matones que matar sí pagó. Calló lo que a cualquier ciudadano no alzado en armas le resulta incómodo: por qué ese Gran Salto Adelante se negocia con quienes deberían ser los últimos en la fila del protagonismo político, precisamente por haber matado. Defendió un agrarismo no sólo burocrático y estatista sino francamente retro, reaccionario. El Alto Comisionado parecía exponiéndole su plan de desarrollo rural a un grupo de universitarios idealistas de los años setenta.

Fuera del dudoso efecto pacificador de las reformas campesinas en un país con mafias transnacionales y violencia urbana, una cuenta que le está fallando a los bucólicos es la emigración hacia las ciudades, por el atractivo que ejercen sobre los guerrilleros campesinos jóvenes y, con más fuerza, sobre las combatientes que huyeron del machismo de sus hogares y veredas, a donde no querrán ni acercarse, y de donde están emigrando cada vez más mujeres jóvenes. Estos segmentos, mayoritarios en la guerrilla, están subrepresentados en una mesa gerontocrática y patriarcal. De haberse negociado pensando en las nuevas generaciones –las que pueden reincidir-  los requisitos para dejar las armas hubieran sido más factibles y menos costosos: cómo reinsertarse, estudiar y conseguir empleo en los sectores modernos y dinámicos existentes.

Pocos de los desmovilizados campesinos han vuelto a su lugar de origen. La mayoría se instaló en una ciudad, buscando un trabajo, estudio, contactos y pareja urbanos, una realidad que debería inspirar políticas pragmáticas para el posconflicto pero que no parece interesarle a una delegación dogmática y autoritaria de guerrilleros rústicos, ni a unos funcionarios engolosinados con la planeación estatal y la asignación burocrática de recursos para el campo. Paseando en un taxi Cadillac por esa Cartagena sin restaurar, oyendo a Celina y Reutilio, sueñan que salvarán una Colombia tan estancada como la hermosa y decadente capital cubana.




Jaramillo, Sergio (2014).  En SI o NO, El Poder de los Argumentos,  La Silla Vacía, Octubre 8

Saile Belinda (2014). "Sueños cromados". El País, Octubre 10

Young, Nigel (2014). "La Habana. Un museo al aire libre". El País, Octubre 9

Young, Nigel (2014) "Havana, Autos and Architecture". Vimeo

jueves, 9 de octubre de 2014

Las dos caras de las FARC

artículo sobre el paisa

Cuando se leen algunos testimonios sobre las FARC, uno se pregunta si se trata del mismo grupo con el que tan arduamente se está negociando en la  Habana.

- la descripción de la vida cotidiana del paisa (cita) muestra que se trata de una guerrilla totalmente derrotada, específicamente por los bombardeos. Sobre eso hay innumerables testimonios

- lo otro que permite destacar una abismal diferencia con lo que se pretende instalar como historia oficial son los orígenes del paisa: la entraña misma del cartel de Medellín

- Ninguno de estos puntos es suficiente para proponer que no se debe dialogar y negociar con ese grupo. Es evidente que debe haber un ceremonial con el que oficialmente se le de fin a esa marca o franquicia. Lo que sí parece válido preguntarse es si  la estrategia de negociación, dándole semejante relevancia política a los diálogos y haciéndole caso al mito de que la guerra no se puede ganar, cuando de hecho, como lo demuestra el Paisa y todos los testimonios disponibles esa guerrilla ya está militarmente derrotada

Una trans de bandera





El resumen esta en Courrier International

El dilema de la infidelidad

Juliana, casada con tres hijos universitarios, mantuvo por varios años un affaire con Ricardo, un ex novio arquitecto. Radicada en Houston desde los noventa, el romance lo facilitó un proyecto de construcción en el que participó Ricardo, quien vive cerca de Boston con una hippie que la edad tornó histérica y dominante. El chance de flirtear con su novia de joven le cayó al encontrarse con ella por casualidad. Apuntó el precioso telefóno y en su oficina movió los hilos necesarios para que lo vincularan al proyecto en Houston. Endulzar ese oído arisco le tomó muchos meses pero, muy aplicado, logró seducir telefónicamente a Juliana. Tras un par de citas en el aeropuerto, se empezaron a ver furtivamente en un hotel dos o tres días al mes, mientras duró la obra. Al final, ninguno de los dos tuvo el berrinche suficiente para irse de su casa y convencer al otro de quedarse en la estratosfera. Juliana asegura que su marido nunca se enteró de nada. Y no está dispuesta a oir ningún argumento a favor de contarle. Se niega a aceptar que el incidente en que él agredió a un señor que la miraba insistentemente tenga algo que ver con un arranque de celos acumulados. No quiere separarse -qué camello lo de los hijos y las navidades- pero guarda maravillosos recuerdos de esa aventura.

También por una obra lejana, el maestro Becerra bajó todos los lunes durante cuatro años al Valle de Tenza para trabajar como albañil en la construcción de una finca. Le colaboraban dos campesinos de la vereda. Durante la semana tenía un arreglo de hospedaje con alimentación en la casa de César, su ayudante, y volvía a Bogotá los viernes. Ruby, la esposa de César, hacía las arepas, el caldo y el café por la mañana. También les llevaba en portacomidas el almuerzo a su marido y al maestro. Como pasa con la sociedad conyugal, nadie supo del romance de Ruby con el foráneo hasta su liquidación. Victoria, la esposa de Becerra, lo cortó estrepitosamente bajando de sorpresa, enfrentando a su rival y consiguiéndole otro alojamiento al marido. Como si nada, el maestro siguió trabajando un par de años con César, y Ruby no volvió por la obra.

Guillermo fue novio de Sonia después de que el prometido viajara a Francia a hacer un doctorado y se quedara por allá más de una década. Le arrastró el ala camuflado de amigo por dos años largos. Cuando se hizo evidente que ningún programa de retorno de profesionales serviría para concretar al emigrante, Guillermo fue ascendido a novio oficial. Se casaron pronto y tuvieron dos hijas. Administrador de empresas con especialización, profesor de cátedra, trabajador, Guillermo siempre tuvo buenos puestos, sin llegar al nivel de ejecutivo estrella. A pesar de sus buenos ingresos y de sus pocos lujos, estaba siempre endeudado por su afán de acumular propiedades. Parte de los créditos que pedía eran para cancelar intereses de obligaciones anteriores. Sonia vivía sin saber cuales serían las culebras cada fin de mes. Esa permanente angustia tal vez explica por qué nunca sospechó nada. Nadie vio venir que, como los intereses a lo largo de su vida, una hábil y paciente prestamista devoraría a Guillermo poco a poco. En retrospectiva, atando cabo sueltos, Sonia piensa que el affaire duró varios años. Sólo en el momento de la separación de bienes se enteró de que la amante de su marido era también su principal acreedora. 

Parece increíble que no haya en Colombia ni un estudio, ni una encuesta, ni una recopilación de testimonios que pudieran dar pistas sobre cómo enfrentar el dilema de los cuernos, propios o ajenos, que es tan simple como tenaz: huír o pelear, acabar la relación o luchar por recuperarla. En tan pantanoso y contradictorio terreno –demonizado por unos, trivializado por otros-  la única recomendación que yo me atrevo a dar es que quien sufre los cuernos no debe irse de la casa. La indignación es mala consejera y jugar de visitante es un duro papayazo para lo que sigue.

Paradójicamente, de estas tres mujeres, la que añora orientaciones es la más audaz y emancipada. Hasta cuando murió Becerra, Victoria estuvo segura de que hizo lo que tocaba, salvar su matrimonio. Sonia, con enormes costos financieros y emocionales, no se arrepiente ni un minuto de haber echado de la casa a Guillermo para reiniciar la vida a su manera. Juliana siente que ese reencauche apasionado no tenía perspectivas pero, recurrentemente, la atormenta la duda de haber dejado pasar su tren hacia Nirvana.


La paz la pagarán las víctimas del secuestro

El impuesto a la riqueza para financiar la paz recaerá sobre unas 50 mil personas. Las víctimas del secuestro fueron cerca de 40 mil, que muy probablemente conforman el grueso del primer grupo.

Mi visión del conflicto colombiano ha estado desde siempre centrada en el secuestro. Mi doble condición de académico interesado por la violencia desde los años noventa y pequeño comerciante que huyó del país por temor a ser secuestrado determinaron esa obsesión.

Más que los homicidios, lo que por mucho tiempo distinguió a Colombia de todos los países del mundo fueron sus cifras de secuestro.

Desde siempre me dejó atónito la ligereza con la que algunos intelectuales tomaron ese flagelo, y aquí si aplica tan rebuscado término. Como en 1995 en una conferencia sobre la violencia en Colombia en la Universidad de los Andes en la que expuse las cifras de secuestro como distintivas dl conflicto colombiano una abogada penalista me interpeló sorprendida por ese incidente "que sólo afecta a unos pocos oligarcas". No lo hizo explícito, pero seguramente estaba pensando que con el secuestro se estaba haciendo algo de la necesaria redistribución de la riqueza.

A finales de los años noventa las conversaciones con cualquier amigo o familiar que tuviera una casa de campo en los alrededores de Bogotá giraban inevitablemente en torno a si allá todavía se podía ir o ya no. Si la casa de campo era también una finca productiva la discusión obviamente derivaba hacia lo que se podría hacer ante la amenaza. Así, me tocó asistir a una reunión

Los marxistas, mucho más interesados por la historia del conflicto que los ganaderos y agricultores, acabaron apropiándosela, y la acomodaron a su doctrina: el paramilitarismo no surgió como respuesta al secuestro -algo que para mí ha sido siempre transparente- sino como una alianza de los terratenientes con el aparato represivo del Estado para expropiar campesinos, algo que en mi limitado universo de pequeños finqueros sabaneros jamás conocí.

La democratización del secuestro fue lo que eligió a Uribe. La guerra contra el secuestro la ganaron los paramilitares que, hecha la tarea, se dedicaron a otros menesteres más rentables y más acordes con las predicciones marxistas. Por eso la "memoria histórica" está tan centralizada en esa fase, la última, del conflicto armado

Jóvenes gays y suicidio

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Suicide risk LGBT
Suicide Attempts Among Gay
Factores de riesgo suicidio Gays

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LGBT  y riesgo de suicidio
LGBT mayores tasas de suicidio entre gays

Artículos


Que quede claro, la discriminación mata.

sábado, 4 de octubre de 2014

¿Seremos capaces de hacer algo?

Tomar cosas de la entrevista RRHH Terpel sobre por qué se debe ir más lejos de la manifestación de intenciones

ver blog Carlos Cortés
http://lasillavacia.com/blogs/carlos-cortes

Prostitución africana

http://www.dailymotion.com/video/xucntz_washington-forum-special-prostitution-africaine_lifestyle

Artículo "L'Eldorado européen" en Jeune Afrique papel

En Túnez piden reapertura de burdeles
http://www.jeuneafrique.com/Article/JA2779p044.xml0/

Para machistas, las trans

lunes, 1 de septiembre de 2014

Oscar Wilde, Liane de Pougy y el senador Gerlein

Ver  en REFERENCIAS

AIDS & Stigma pdf

Nadie le paró bolas al senador Gerlein cuando en su ataque de homofobia agregó  que las lesbianas nunca lo habían preocupado.

Ver Juicio a Oscar Wilde que afectó a muchos artistas europeos en 1895. El proceso fue promovido por el padre de su amante


Mientras tanto Liane de Pougy publicada tranquilamente su Idylle saphique

ver datos europeos

Ver en mr.recortes
LGBT menos represión a lesbianas que a gays
LGBT les homosexuels au XIX siècle
LGBT homo en Francia 1900
LGBT homo y lesbofobia

lunes, 26 de mayo de 2014

Huír o pelear, el dilema de la infidelidad

Juliana, casada con tres hijos universitarios, mantuvo por varios años un affaire con Ricardo, un ex novio arquitecto. Radicada en Houston desde los noventa, el romance lo facilitó un proyecto de construcción en el que participó Ricardo, quien vive cerca de Boston con una hippie que la edad tornó histérica y dominante. El chance de flirtear con su novia de joven le cayó al encontrarse con ella por casualidad. Apuntó el precioso telefóno y en su oficina movió los hilos necesarios para que lo vincularan al proyecto en Houston. Endulzar ese oído arisco le tomó muchos meses pero, muy aplicado, logró seducir telefónicamente a Juliana. Tras un par de citas en el aeropuerto, se empezaron a ver furtivamente en un hotel dos o tres días al mes, mientras duró la obra. Al final, ninguno de los dos tuvo el berrinche suficiente para irse de su casa y convencer al otro de quedarse en la estratosfera. Juliana asegura que su marido nunca se enteró de nada. Y no está dispuesta a oir ningún argumento a favor de contarle. Se niega a aceptar que el incidente en que él agredió a un señor que la miraba insistentemente tenga algo que ver con un arranque de celos acumulados. No quiere separarse -qué camello lo de los hijos y las navidades- pero guarda maravillosos recuerdos de esa aventura.

También por una obra lejana, el maestro Becerra bajó todos los lunes durante cuatro años al Valle de Tenza para trabajar como albañil en la construcción de una finca. Le colaboraban dos campesinos de la vereda. Durante la semana tenía un arreglo de hospedaje con alimentación en la casa de César, su ayudante, y volvía a Bogotá los viernes. Ruby, la esposa de César, hacía las arepas, el caldo y el café por la mañana. También les llevaba en portacomidas el almuerzo a su marido y al maestro. Como pasa con la sociedad conyugal, nadie supo del romance de Ruby con el foráneo hasta su liquidación. Victoria, la esposa de Becerra, lo cortó estrepitosamente bajando de sorpresa, enfrentando a su rival y consiguiéndole otro alojamiento al marido. Como si nada, el maestro siguió trabajando un par de años con César, y Ruby no volvió por la obra.

Guillermo fue novio de Sonia después de que el prometido viajara a Francia a hacer un doctorado y se quedara por allá más de una década. Le arrastró el ala camuflado de amigo por dos años largos. Cuando se hizo evidente que ningún programa de retorno de profesionales serviría para concretar al emigrante, Guillermo fue ascendido a novio oficial. Se casaron pronto y tuvieron dos hijas. Administrador de empresas con especialización, profesor de cátedra, trabajador, Guillermo siempre tuvo buenos puestos, sin llegar al nivel de ejecutivo estrella. A pesar de sus buenos ingresos y de sus pocos lujos, estaba siempre endeudado por su afán de acumular propiedades. Parte de los créditos que pedía eran para cancelar intereses de obligaciones anteriores. Sonia vivía sin saber cuales serían las culebras cada fin de mes. Esa permanente angustia tal vez explica por qué nunca sospechó nada. Nadie vio venir que, como los intereses a lo largo de su vida, una hábil y paciente prestamista devoraría a Guillermo poco a poco. En retrospectiva, atando cabo sueltos, Sonia piensa que el affaire duró varios años. Sólo en el momento de la separación de bienes se enteró de que la amante de su marido era también su principal acreedora. 

Parece increíble que no haya en Colombia ni un estudio, ni una encuesta, ni una recopilación de testimonios que pudieran dar pistas sobre cómo enfrentar el dilema de los cuernos, propios o ajenos, que es tan simple como tenaz: irse o quedarse, echar o aceptar. En tan pantanoso y contradictorio terreno –demonizado por unos, trivializado por otros-  la recomendación que yo me atrevo a dar es que quien sufre los cuernos no debe irse de la casa. La indignación es mala consejera y jugar de visitante es un duro papayazo para lo que sigue.

Paradójicamente, de estas tres mujeres, la que añora alguna orientación es la más audaz y emancipada. Hasta cuando murió Becerra, Victoria estuvo segura de que hizo lo que tocaba, salvar su matrimonio. Sonia, con enormes costos financieros y emocionales, no se arrepiente ni un minuto de haber echado de la casa a Guillermo para reiniciar la vida a su manera. Juliana siente que ese reencuache apasionado no tenía perspectivas pero, recurrentemente, la atormenta la duda de haber dejado pasar su tren hacia Nirvana.